Mentiras, agitación y propaganda

Barcos1—O sea que no te importará que te explotemos un poco. No sé si sabes que todo lo que ganamos en esta casa va para el Partido.

El muchacho negó con la cabeza algo cohibido por el tono de su interlocutor, un estadounidense con fama de manipulador ya en aquel entonces y que se dejaba mecer por las muchachas, sobre todo si eran de su Partido. Lo que sí advirtió es que la palabra Partido la pronunciaba con mayúscula.

—Pues lo dicho, dos meses subiendo y bajando el autobús hasta Enkhuizen y navegando una semana. Luego tres noches dos días en Ámsterdam y para abajo. Al día siguiente hacia arriba, desde Bilbo o Barcelona.
—Me gusta navegar, lo pasaré bien.
—Y además cobrando. Genial, ¿no?
—Hombre, gratis tampoco lo haría. Ni aunque me lo pidiera Mao en persona.

—No, hombre, no. Era broma. Igual subo yo en algún bus y hacemos risas. Estás al cargo porque algunos de los guías no saben inglés correctamente. Lo justo para manejarse. Vente algunos días antes de la primera salida y te damos la documentación y la pasta. Luego iremos echando cuentas. Si necesitas más ahora nos lo dices.

El joven se pasó dos meses subiendo y bajando autobuses desde Enkhuizen. Navegando en unas gabarras de quilla plana muy bien apañadas con orzas laterales y bien acondicionadas en el interior, pero que no resistían el más mínimo embate ni siquiera de ese mar de mentirijillas que habían embalsado los holandeses entre oración y oración y cuadro tan tenebrista como su vida misma.

Acabó rendido, cansado de bajar haciendo 1500 kilómetros en un sentido en dos días con noche en algún albergue de lo más cutre de la llanada de Francia y volviendo a subir otros tantos al día siguiente, pasar la noche más lóbrega que un cuadro de Rembradt en otro albergue de alegre muchachada oyendo las quejas de sus clientes para dormir, ya sí, compartiendo camarote con algún sobrero que no encajaba en grupo alguno antes de hacerse a la mar, es un decir, a la mañana siguiente.

Pero navegar sí era necesario y un marinero en tierra buscaba oportunidades como Ismael, que cada vez que se sorprendía poniendo una boca triste, cada vez que en su alma aparecía un poniente húmedo y lloviznoso, entonces entendía que era más que hora de hacerse a la mar tan pronto como pudiera.

Mucho bueno y poco malo, aguantar funcionarios con alma de plomo gruñendo sandeces para los pocos miles de pesetas que habían pagado, rechazar enérgicamente que su trabajo incluyera acompañarlos en Ámsterdam, contemplar los atardeceres sobre la isla de Vlieland, de tan difícil entrada con un corriente de través, reírse de los pax cuando volvían con el viento en contra pedaleando en esas monstruosas bicis holandesas en la isla de Techelling ,aguantar las juergas de la clientela cuando sabía que tenía que levantarse el primero a aparejar el barco, mientras ellos dormían la borrachera, aconsejar cómo comprar para veinte cada vez que unos inútiles tenían cocina, hablar pausadamente con los skippers cuando salían de su mutismo y misantropía amarrados a algún puerto.

Lo mejor, la travesía con los frisones, los mejores marineros, que le invitaron a regatear con ellos en octubre y tenían un perro de lanas bien plantado en cubierta cuando no estaba durmiendo, y un bebé de un año al que daban cerveza cuando no podía dormirse. Los bocadillos de anguila, el Melk Weg y los rijsttafel de origen indonesio en los maravillosos restaurantes escondidos en las calles húmedas y sinuosas. Tirarse en la hierba en un rincón escondido del Vondelpark para que no le encontrasen los pax, beber cerveza con esa ginebra amarga y chotuna que llamaban jenever, tomar pinchos de pollo con un puré picante de cacahuetes llamado satay, y de vez en cuando tropezarse con un auténtico gado-gado, que años más tarde en Indonesia descubriría con la fórmula auténtica.

Lo peor los pax, sobre todo aquellas que pugnaban por hacerse con los favores del guía como mero signo de poder femenino y los cretinos que le preguntaban sobre el Barrio Rojo o dónde comprar droga a los que invariablemente respondía que no conocía el barrio y que si los gabachos les encontraban droga al pasar la muga, el autobús seguiría su ruta impertérrito.

El americano cumplió su palabra y subió en medio del mes de agosto. Habló con el judío holandés que tenía la concesión de casi todos los barcos que operaban viajes de guiris en el Zuiderzee y que nunca, nunca, dejaba de hablar de dinero; se cayó por una escotilla abierta cruzando barcos abarloados a las cuatro de la mañana en perfecto estado etílico y se volvió rápidamente a Ámsterdam, a frecuentar la noche alternativa, mientras los guías se quedaban en el albergue del pueblo donde hacían una noche los pax, algo menos siniestro que los franceses. El muchacho conseguía quedarse a dormir siempre en el barco.

El americano impartía conferencias como desertor de la guerra del Vietnam, lo que le brindaba un éxito seguro en los foros en los que actuaba, siempre favorables y un poco impresionados por la mitología chusquera del héroe. Nunca explicó, ni entonces ni más adelante, liquidada ya la agencia alternativa que ofrecía viajes haciendo dumping a progres revenidos que no se atrevían a viajar por su cuenta, que el movimiento de repulsa a la guerra vietnamita no hubiera existido, o no hubiera tenido la fuerza que tuvo, si los soldados hubieran sido profesionales y no de leva, como en guerras ulteriores de la potencia colonial, en que la repulsa fue meramente testimonial.

Siguieron mandando viajeros comodones y apretados de bolsillo muchos años, partiendo de la base de datos del Partido, ampliada tras numerosos ejercicios donde las cuentas no parecían cuadrar mucho y los beneficios que destinaban, supuestamente a la revolución eran más bien escasos. Aunque siguieran sirviendo como excusa para no dar de alta a los guías en la seguridad social.

Al cabo de los años la plantilla creció, casi siempre a la sombra del Gran Timonel americano, que tenía derecho de veto, sobre todo en cuanto a las chicas que podían entrar en nómina, con las que seguía un criterio que algunos años más tarde le hubiera valido no pocas repulsas de los movimientos feministas al uso, a pesar de que el Partido exigía doble militancias a sus afiliadas, en el movimiento feminista y en el otro movimiento, que muchos tildábamos de “meneillo”.

Uno de los administrativos contratados no se mostraba muy ducho en su profesión, a pesar de que la agencia no era precisamente un nido de expertos en nada. Tras muchos meses de trabajo que no satisfacía al patrón, le comunicaron que no iban a seguir contando con sus servicios. O alguna frase parecida, que en la pseudo lengua alternativa, bien podría haber sido, “compañero, hemos valorado tu situación objetiva y creemos que es mejor que dediques tus energías a otros quehaceres de mayor provecho para todos. Y todas.”

Claro, el administrativo montó en cólera, exigió que se le pagaran sus muchas horas extra no retribuidas, aunque escasamente productivas, y llevó el caso ante Magistratura, también ante un fantasmal colectivo sindical del Partido, y a su propia célula. Argumentaba con la fe del carbonero que si había desfilado en innumerables manifestaciones del brazo de su jefe y compañeros y compañeras, -ya no se decían camarada porque quedaba antiguo-, cantando aquello de “obrero despedido, patrón colgado”, no entendía ahora su despido disciplinario. O por lo menos no lo entendía sin la suficiente pasta por medio.

El caso llegó a diversas instancias, subió de comité en comité hasta que el Partido designó un mediador para que la sangre proletaria no llegara al río. El americano tenía hilo directo con los más altos cuadros de la estructura de la calle Montera, con los que compadreaba en un bar cercano y le daban siempre la razón. “No hay que confundir la gimnasia con la magnesia. Una cosa es la propaganda y otra la realidad. Además nosotros no somos una empresa capitalista al uso. Nosotros estamos por la revolución”, apostillaba el desertor de Vietnam. “Ya lo decía Lenin, el partido es un instrumento para hacer la revolución, no para ejercer la democracia en su seno”, remataba el mediador designado, a la vez que pedían otra ronda de cervezas.

Se llegó a un acuerdo un poco vergonzante, porque, como siempre, consistía en inflar la bolsa que cobraba el despedido y no colgar a nadie. Pero las contradicciones en el seno del pueblo, lo importante era servir siempre al pueblo, acabaron socavando la tierra bajo los pies del americano. No mucho meses más tarde se le acabaron las milongas, tuvo un conflicto con sus socios y sobre todo socias, y se dinamitó la sociedad limitada que amparaba el Gran Salto Hacia Quién Sabe Dónde. El americano volvió a sus proyectos de postín revolucionario de baja intensidad y vendió la mayoría de la compañía a unos extraños que sabían poco del Partido y mucho de opas hostiles contra una banda de pardillos que acabaron todos, y todas, en las calles de Bilbo, Barcelona y Madrid, buscando alternativas a la agencia alternativa por antonomasia.

El joven abandonó la librería especializada en viajes que había montado a medias, con un 50% justo, con la agencia, y buscó un año sabático viajando por las Américas. Andaba por entonces con una pareja que había compartido aventura en la agencia, militante por supuesto del Partido, Partido, Partido. Y que había salido escaldada, -tres veces escaldada- por el americano imposible y sus maniobras amparadas por la vanguardia de la vanguardia de la calle Montera.

Pero retrocedamos unos años. Desde el principio tuvieron una relación estrecha, y aunque llegaron a trabajar juntos, algo de lo que abominaban ambos, persistirían en su amistad a través de las décadas. Más tarde el joven se enteró de que en el Partido no estaba bien vista la penetración durante las relaciones sexuales. Así se lo confirmaron varias jóvenes feministas radicales de Barcelona, donde por entonces ramoneaban ambos, fungiendo ella en la agencia antes de la debacle final y él recién despedido de la última empresa del libro.

“No te preocupes, desde luego yo nunca he sido muy seguidora de las normas y no voy a permitir que el Partido me diga lo que tengo que hacer en la cama. Pero no creas, hemos cambiado mucho, ya no tenemos que pedir permiso para casarnos o para juntarnos con alguien de fuera”, añadió con una sonrisa un poco cómplice ante la mirada esquinada de su pareja que no se podía creer que el Partido le dijera a la gente cómo follar. En Barcelona había muchas radicales que habían dejado a sus parejas masculinas y se habían marchado a probar las mieles de la auténtica femeneidad con otras mujeres, también del Movimiento, hacia dónde no importa.

Pero siempre que se reunían con esa gente, se sentía mal, algo apesadumbrado por su género, -no solo no era mujer ni homosexual sino que tampoco era obrero- aunque el morbo por realizar con su pareja algo que estaba prohibido por el Partido aumentara el placer de la penetración. Y por las miradas torcidas como la escalera de Jacob de sus lideresas. Como siempre, las más simpáticas, abiertas y menos sectarias eran las auténticas lesbianas que se habían llevado de calle a las parejas de los cuadros masculinos más significativos que sonreían desde entonces con una mirada rabona y algo perruna.

Algunos meses más tarde se anunció una conferencia interna impartida por una de las capitostes feministas que años más tarde abogaría por la prostitución como una de las bellas artes que garantizaba además la liberación total de las mujeres. Pero eso amerita otra historia.

Anunció que ya se podía penetrar. Que habían llegado a la conclusión de que era algo normal, totalmente integrado en la vida de una pareja ya fuera esta homo o hetero. Que suponía una pulsión irrefrenable, incluso en los agujeros más conspicuos, como el ombligo o los oídos por no nombrar los más escatológicos. Y ofreció un ejemplo gráfico de esa actividad en los oídos de su pareja que asentía vigorosamente a su lado en la antigua facultad de Sociología de la Complutense, de tan retorcido recuerdo para el que ya no era tan joven.

Solo hubo un militante que protestó quedamente, en tono irónico pero ácido, sobre los damnificados que habían seguido el mandamiento al pie de la letra durante bastantes años.

—Mira compañero, hemos evitado muchas violaciones en el seno del matrimonio durante esos años y seguramente hemos excitado vuestra imaginación para demostraros amor en vuestras relaciones de múltiples e imaginativas formas.

O sea que no protestes, dalo por bien empleado y que se abran cien flores, -cerró su discurso entre las risas del público-. Además no siempre hay que seguir las consignas al pie de la letra. No confundas la agit prop con la realidad, que ya somos mayorcitos.

Años más tarde un diputado que abanderaba un boicot a Coca Cola por la intransigencia de la empresa con sus trabajadores fue fotografiado en la cafetería del Congreso, mucho más barata que las de la calle, con dos botellas del brebaje en su bandeja.

Y su jefe, el líder supremo de la banda de los cuatro o los cinco, se compró un chalet de muchos metros con piscina en la sierra rica de Madrid, tras haber afeado a un exministro de la derecha que se gastara 500.000 euros en una casa. El líder y su señora se gastaron 600.000 porque hasta para eso había clases.

O sea que nunca, nunca, hay que creerse la propaganda, aunque se vista de agit-prop. Porque no hay que confundir la gimnasia con la magnesia.

Nafarroa, mayo 2020

Argüelles, retrato en blanco y negro del Parnaso madrileño

Era poco más de las 10 de la mañana y en la esquina de Tutor y Princesa un joven de barba escasa esperaba nervioso a que Alberti abriera la persiana tras el enésimo ataque de los Guerrilleros de Cristo Rey que apenas había chamuscado los azulejos diseñados por el mismo poeta y que cubrían toda la fachada.

El muchacho acababa de entrar en una pequeña editorial escolar que tenía una colección infantil y le tocaba visitar librerías y colegios, las primeras con algo de éxito en sus gestiones, y los segundos prácticamente a cero tras algunas visitas a claustros siniestros dirigidos por curas no menos siniestros donde se negaban a echar ni una mirada a sus catálogos y sus muestras.

Por aquel entonces el barrio de Argüelles, mejor dicho, la zona de Argüelles, empezaba en Cuatro Caminos y terminaba en Plaza de España y albergaba alrededor de 25 librerías bien contadas, esto es, establecimientos donde se vendían casi exclusivamente libros, aunque algunas tuvieran una tímida sección de papelería para redondear sus ingresos. Incluso en aquel Madrid existía una zona denominada “extrarradio” con sus librerías de barrio, modestas pero aguerridas, dirigidas casi siempre por algún rojo letraherido que solía vivir en casa de sus padres, pero que afirmaba sin empacho que compartía una buhardilla de Malasaña.

En pleno barrio de la Concepción, todavía en construcción había una nacida al calor del colegio Obispo Perelló, de donde había salido la OMLE, el PCE-R y finalmente buena parte de los GRAPO. Su único trabajador y dueño era un gordo amable, capaz de despachar una caja de cruasanes para desayunar, que más tarde abriría editorial y librería casi enfrente de las oficinas comerciales de El Corte Inglés, en las faldas del barrio de Salamanca. La librería se llamaba Glose y la primera vez que el joven la visitó, el hombretón le invitó a unas cañas mientras cerraba el negocio, dicho piadosamente, con un cartelito de “Vuelvo en 5 minutos”. Muchos años más tarde también le invitaría a tomar unas cervezas en un hotelito en plena Costa de la Muerte.

Entró a Alberti, y saludó al encargado, Jose, que provenía de otra librería también con nombre de poeta de izquierdas, y que tenía los nervios de punta por los ataques de los franquistas encastillados en las fuerzas de inseguridad. Miró las novedades y el catálogo y pidió dos ejemplares de cada muestra que el corredor en plaza –así se llamaba técnica y sindicalmente la labor que desempeñaba el joven-, le puso delante.

“Hay que pedir con alegría. El día que no podamos pedir así cerramos. Aunque a Lagunero le dé un infarto cuando vea las facturas”,  les dijo a los dos representantes que se habían juntado frente a su mesa en el altillo donde tenía su despacho y algunas estanterías con libros infantiles. El segundo era Agapito, un proletario de libro que iba enseñando al joven los vericuetos del oficio. Jose sería luego compañero, de fatigas en la zona de Argüelles y de futbolín en las reuniones de marketing chueco de los viernes, formando una pareja prácticamente invencible.

El muchacho no daba crédito. Era casi su primer pedido, seguro que sus primeras comisiones que se unirían a un sueldo raquítico, y a un fantasmal contrato mercantil con el que la editorial pretendía amparar sus servicios. No sabían lo equivocados que estaban y lo que les iba a costar sus picardías en Magistratura donde los abogados de CC.OO hacían sus primeros pinitos.

A continuación y en compañía del otro colega se dirigieron a El Brocense, otro establecimiento cercano que había abierto hacía unos años el ínclito Germán Sánchez Ruperez, dueño de la editorial Anaya, especializado en lengua y literatura. Allí vegetaba entre las estanterías uno de los personajes míticos del gremio, Juan Sailor, de origen irlandés según comentaba a todo el que se dejaba, recién escapado de los sueños enfebrecidos de Valle Inclán, íntimo colega del Picalagartos y Latino de Hispalis y musa de otros personajes esperpénticos de esa particular farándula librera bañada en humo y alcohol.

Unos meses más tarde, ya instalado el muchacho en una editorial de posibles crecida como tantas a la sombra de una imprenta y llevada por el hijo del dueño, fundarían en casa de Juan y su mujer, las Comisiones Obreras del libro, una verdadera contradicción en los términos que los pocos militantes, -aún se llamaban así-, defendían con orgullo.

Sailor perfumaba su luenga barba con Farias envueltos en papel de fumar que destilaban un juguillo amarronado altamente tóxico para cualquiera que no tuviera origen de marinero irlandés. Juan era un hombre ilustrado a su manera, con una memoria elefantiásica, vital en un gremio donde todavía no habían llegado los ordenadores y que cuando lo hicieran los libreros los mirarían con odio analógico, siendo particularmente reacios a la tecnología. Pero Juan era harina de otro costal. La odiaba, sumaba de cabeza por no usar calculadora y casi siempre se equivocaba a favor del cliente.

Cuando medio cerró El Brocense, -su dueño salmantino pasaba por allí y decía que le costaba más que una querida- Juan se fue a Alberti que se iba a traspasar porque Enrique Lagunero, hermano de Teodulfo, el comunista vallisoletano que había pasado a Carrillo con peluca y todo, estaba harto de perder dinero. La cogió una pareja joven y contrataron a Juan como experto en el mundo del libro al que ellos acababan de llegar. Craso error. Sailor aborrecía hasta las máquinas de cobrar con tarjeta, las analógicas bacaladeras, las cajas registradoras aún las más manuales, de esas con manivela, y cualquier adelanto enchufado a la red, eléctrica por supuesto, como el teléfono, lo veía como una argucia del capitalismo. Duró poco allí. Un día apareció su hermano, crítico y guionista de cine, tan amante de la cazalla como el librero, y montó una trifulca ante el inminente despido de Juan que no acabó a puñetazos porque el plumilla no hubiera acertado ni uno.

Sailor tenía un amigo de farras que trabajaba en una editorial de artes marciales, aunque era un virtuoso de la patada en los cojones en las peleas de bar, vinculada a la librería Argentina, también en Argüelles, conducida por una paisana de Borges, que ya por aquel entonces creía en la teosofía, el kendo, el veganismo, el anarquismo de salón, las flores de Bach y vaya usted a saber qué otras tonterías más. Allí acabó trabajando nuestro hombre, y sus Farias de por la tarde acabaron arrasando con una clientela que huía del humo como del demonio.

Y hablando del Maligno, no hay que olvidar una siniestra tienducha donde se vendía toda clase de libros ocultistas con una trastienda donde se afirmaba que se hacían misas negras que oficiaba el propio Armenteros, un viejo gay se diría ahora, pero que en su tiempo era tenido por un maricón de tomo y lomo.

Sailor pasaría varios años en el paro, excepto para dilapidar su maltrecha salud en noches enteras de juerga, siguiendo tal vez algún itinerario más propio de Alejandro Sawa o de Max Estrella, con un par de periódicos bajo el brazo, la cabeza torcida por una desviación de columna y su voz apenas audible para cualquiera que le prestara oídos en una barra mugrienta, quedándose a veces dormido en un banco próximo a su casa, un quinto sin ascensor, al que su estado no le permitía trepar.

Con otro pedido en la mano, fruto más de la solidaridad de mister Sailor que de las necesidades reales de la librería que no trabajaba nada de texto ni de infantil, los dos representantes se encaminaron a Cal y Canto, otra librería donde leía gratis Emilio, el Ezra Pound de los libreros madrileños, ya por entonces un maldito envuelto en un abrigo deshilachado del tweed más carpetovetónico, que no se quitaba hasta pasada la Feria del Libro en un local sombrío donde no había calefacción y solo entraban estudiantes a robar libros de literatura exquisita bajo la mirada estrábica y complaciente del librero si el autor era de su agrado.

Emilio defendía con ardor las drogas alucinógenas, aún incipientes en esa España de solysombra y Machaquito y no les encargó  nada porque tenía prohibidas las compras a partir del día 10 de mes aunque anotaba en un cuaderno cuadriculado repleto de lamparones de alcoholes varios, las novedades que le parecían interesantes a la par que invendibles para los primeros diez días del mes entrante. Su público objetivo debía rondar las quince personas en todo el área metropolitana, él mismo incluido.

Leía y declamaba en francés los cantos de Maldoror en cuanto iba por la cuarta copa, a veces acompañado por el corredor de Siglo XXI, de su mismo nombre, que les decía a las pobres chicas que se ponían a tiro en alguna barra de Malasaña que él se corría enseguida y se dormía ipso facto y no molestaba con eso de “te quiero, dame un beso, ni majaderías semejantes”.

Solían coincidir en un bar donde el pincho de tortilla era tan grasiento como las copas donde servían el Soberano, el chispazo de media mañana que mataba la resaca y algunos miles de neuronas y donde acudía otro corredor mítico del gremio con barba de legionario, que conservaba de su tiempo en el Tercio, que juraba que él solo entraba a las librerías cuando no le quedaba más remedio y que si querían libros –reposiciones se decía-, que llamaran por teléfono a Enlace, donde Concha años más tarde se reiría a mandíbula batiente cuando los libreros pedían por teléfono más ejemplares de Bukowski, ese de la máquina… “¿El de la máquina de follarrrr se refiere usted?” preguntaba solícita recalcando mucho la erre final. “¿Y cuántos polvos le mando, digo ejemplares?”, concluía.

Algunos años más tarde Emilio, el Zaratrusta, acabaría trabajando en Visor, a la maligna sombra de Chus , más letal y amargada que la del manzanillo de Indias,  porque el tipo conocía bien su trabajo, y se había leído casi todos los poetas que luego conformarían el catálogo de la mejor colección de poesía publicada en la península, que nacía “de lo que a mi me gusta leer, no tiene mérito”, apostillaba el dueño ante la mirada gélida de su mujer parapetada tras una caja registradora que no tenía tecla para hacer descuentos, como decía con rictus venenoso a los pocos infelices que se lo pedían, siempre y cuando no fueran catedráticos de la Complutense apoltronados en el vecino edificio donde vivían a costa del erario público, levantado por Franco para que los apesebrados lectores de José María Pemán pudieran reunirse y quejarse de que el eximio intelectual franquista no recibiera el Nobel de literatura por pura envidia del comunismo internacional.

Personajes históricos del Parnaso eran Isidoro, líder supremo de los corredores de la  distribuidora Visor que luego tornaría su nombre en Antonio Machado y compraría la librería homónima, dicen las malas lenguas que a sugerencia de Alfonso Guerra en las juergas de baja intensidad que se libraran en la Bodeguilla. Isidoro era retaco y tenía retranca, valga la aliteración. Juraba que había fundado la OPI, Oposición de Izquierda al PCE, junto con el que fuera más tarde Secretario General o General Secretario del Partido Comunista de los Trabajadores para acabar de crítico enológico del diario El País. Junto con varios colegas también del Gremio, el Trucha o el Burreo, despotricaban en los garitos de Malasaña de los jóvenes que se perdían para la revolución dándose a la grifa y productos similares, mientras blandían sendos cubatas de ron Negrita en vaso largo sujetos con la misma mano que sostenía el Celtas con filtro, el tabaco proletario por excelencia.

Y no hay que olvidar a Corcuera, eterno free lance, que llevaba varios fondos, ninguno en exclusiva y de los más variados palos;  un hombre mayor tocado en invierno con un gorro de astracán ajado que en el norte llamaban cuévano, que  siempre se mostraba preocupado por su decreciente virilidad y los diversos e imaginarios productos para recuperarla. Murió antes de conocer la Viagra. Solía pedir a los libreros liberales e ingenuos que le dejaran utilizar el cuarto de baño, cosa que también hacía el repartidor de Alianza denominado el Navarro. Era mejor abstenerse de visitar el cuartito hasta bien pasadas unas horas de las visitas gremiales.

También bajito era Tarzán, apodo que venía como anillo al dedo a un tipo simpático como pocos y por supuesto buen bebedor que en cuanto te descuidabas te contaba el remedio infalible contra la borrachera: comerse una tableta entera de chocolate antes de comenzar las libaciones. Luego añadía que lo había hecho una tarde antes de la fiesta del PCE y la borrachera había sido de campeonato, por no hablar de la vomitona provocada por la tableta de chocolate. Y concluía afirmando que sin duda el chocolate era de algarrobo, algo muy frecuente en la posguerra.

Y para rematar la galería, Fede, de una distribuidora familiar, Martínez, que él mismo llamaba Devoluciones Martínez. Angelface, era uno de los caraduras más felices del gremio, hijo de un banderillero de la CNT represaliado tras la guerra, y tenía más peligro que Vázquez, el dibujante de TBO que te pegaba un sablazo en cuanto te descuidabas. Acabó haciéndose un nombre en el noble arte del libro de saldo y con eso alimentaba a su prole, abundante, generosa con el dinero ajeno y poco amiga del esfuerzo.

Quizá el punto más agradecido, no por sus pedidos, sino por sus dependientas era la librería México, bastión del Fondo de Cultura Económica en España, llamado así por un error de transcripción de su verdadero nombre, Fondo de Cultura Ecuménica. La librería no vendía un pimiento, pero sus tres muchachas, jóvenes y lozanas, con quienes el joven mantuvo con dos de ellas una amistad toda su vida, parecían mexicanas sin serlo. Una, Maru, era de rasgos indígenas zapotecos, aunque nacida en Vallecas; otra decían que era la primera mujer de Javier Pradera, y la última, Maite, era una mujer espléndida con ese cutis manchego que tan bien pintaría después Antonio López, su paisano, pues Maite y su marido, Eduardo, director comercial de Siglo XXI de fieros bigotes, en este caso parecidos a los de generales de la Guerra Cristera, también conocido por Sor Citroën dado su apego a la marca, eran ambos de Santa Cruz de la Zarza, un pueblo en tierra de nadie, entre Toledo, Cuenca y Madrid, donde al protagonista quisieron tirarle a los pilones por haberse ligado a una moza sin pagar la correspondiente prenda.

De allí también era Juanito, con el que luego coincidiría en una distribuidora del Jesús del Gran Poder de la otra editorial por antonomasia de libros de texto,  y de nombre clásico, que los más ilustrados identificaban con Ulises y los más cursis con Cavafis. Su director comercial, Virginio, era un oportunista que no distinguía entre libros, barritas de cereales o pelotas de ping pong, nacido al calor de un socialismo incipiente ávido de cuadros medios, de categoría intelectual decididamente baja. Claro que sus ayudantes de campo eran semianalfabetos y el director de libro importado, Cambridge, Oxford University Press, Larousse casi todo, no sabía francés y mucho menos inglés. Y en castellano le costaba expresarse sin abandonar el acento baturro.

Otra cosa fuera el jefe de ventas de Madrid, un navarro honesto, católico y abierto, al que los corredores podían llegar a sacar de quicio cuando en las reuniones de ventas de los viernes por la tarde, convocadas adrede en esas horas para que no adelantaran el fin de semana, se iban a jugar al futbolín y regresaban tarde, sudados y un poco ebrios. Juanito empezaba siempre la reunión anunciando que no se enrollara que él tenía que irse a su pueblo. Lo mejor de la reunión era la presentación física de las novedades a correr en la semana entrante, magníficos libros de Alfaguara, Taurus, Altea, Gedisa, Folio, Laia… que los corredores ojeaban con arrobo, y unas hojas de contacto con las portadas de los libros que podrían ser objeto de reposición, verdadero hallazgo de Virginio para revolucionar el marketing del sector, algo pachucho después de haber caído en desuso el doce-trece.

También nacida de un personaje emblemático del sector era la librería Robinson, cuya encargada era la legítima esposa de un editor que también como Chus Visor, competía con una maravillosa colección de poesía que abrió Johann Christian Friedrich Hölderlin, un hito en la vida cultural del poblachón manchego que era Madrid, y cuya obra llegó a vender casi 500 ejemplares, algo que solo Raymond Carver lograría en poesía más tarde. Nadie sabía de dónde había salido el rumor de que la encargada en cuestión era de costumbres muy relajadas en su vida sexual, algo que sin duda había importado del mayo francés y hacía que la librería fuese más frecuentada por ella que por sus libros. Más tarde fue traspasada a un ilustre marino que la especializó con éxito en su campo, mientras que los anteriores dueños abrieron local en lo más granado de Madrid, tras la puerta de Alcalá, sede también de su editorial que adoptó el nombre de la obra más conocida del autor alemán y que “corría” un motero un poco macarra que estaba fascinado por los indios americanos y que juraba no haberse lavado la mano con la que estrechó la del Subcomandante Marcos.

También migró el librero del barrio de la Concepción a la par que fundaba una editorial señera en conocimientos alternativos pero sin milongas que abrió con varios socios local en la calle Hermosilla y donde acabó reuniéndose lo más borracho, y esto era un hito en sí mismo, del Gremio, fundando una costumbre que pasó a llamarse “los Martes Culturales”, que tenía su sede en un cercano bar de cañas. Era inútil visitar la librería por la tarde como cliente o proveedor, aunque la señorita que la llevaba miraba con cara de consternación a sus socios y trataba de quitar hierro a sus miradas perdidas, andares oscilantes y hablar farragoso.

La ruta de Argüelles acababa o empezaba en la librería Cuatro Caminos, muy cerca de donde tenía su cabecera el F, un autobús que conectaba el barrio con las facultades complutenses. Allí tenía su sede el trosquerío de la capital, de hecho se reunía entre otras, la célula de Artes Gráficas, bastante apañada con sus doce o trece miembros más dos simpatizantes a las que no se dejaba acudir dada su falta de compromiso y entre las que se podía encontrar incluso algún obrero, nacido tal o sobrevenido como la Kaperu, una vampiresa de rasgos dulces y tabardo rojo con capucha de la que le venía el mote, y Alfonso librero de la Costa Moyano (sic) que tenía como santo y seña que si él había militado previamente en el partido de Carrillo era porque todo buen revolucionario profesional tenía que haberlo hecho. La librería funcionaba bien, vendía mucho, pero al final el cartagenero que pasó a ser su dueño dilapidó la herencia del colmado familiar y los beneficios de la librería metiéndoselos por la nariz, afirmaban las malas fuentes.

En el otro extremo de la ruta abría Naos, una librería especializada en arquitectura, que Radio Macuto afirmaba había nacido de un gordo de la lotería de Navidad que le había tocado a Reyes, su dueña y reina absoluta, gordita retrechera, profesional y de ojillos siempre alegres.

Quedarían en el barrio algunas librerías anodinas que no dan para una reseña y para pocos pedidos de nuestro héroe que cuando quería alargar la ruta visitaba Machado, librería importante antes de que la compraran los libreros adictos a la Bodeguilla y donde Miguel, su eterno trabajador, contestaba indefectiblemente a los clientes que se dirigían a él preguntándole “Oiga usted es de aquí” con un escueto, “No señora, yo soy de Bilbao”, entonado con el acento más castizo de Lavapiés.

Luego torcía el Junco hasta llegar a  Aviraneta, con Chechu un guipuzkoano rara avis, casi ciego por una rara enfermedad hereditaria que te detectaba antes de que abrieras la puerta, y en cien metros estaba en la Tarántula, donde fungía Luisito, sustituto del imborrable Rafa Chirbes, bajo el ala protectora de su dueña, Gabriela Sánchez Ferlosio, hija del falangista de primerísima hora Rafael Sánchez Mazas y hermana de Rafael y Chicho quien alguna vez repostaba allí calzando zapatillas a cuadros. Finalmente paraba en el Galeón, con dos intelectuales de auténtico postín al timón y finalizaba en Albacora, que la dueña de la cafetería Santander había abierto para poder blanquear el origen hostelero de su fortuna.

Luego evitaba Fuentetaja a pesar de su amiga Carmen, otra de las fundadoras de CC.OO del libro, o quizá por Jesús, uno de los personajes más falsos de la Transición y porque las comisiones de sus ventas correspondían a otros. Jesús era famoso por inaugurar la figura del becario, estudiantes sin sueldo que trabajaban en la librería a cambio de algunos títulos de su famosa trastienda.

Y así, con 25 o treinta visitas giradas en dos días, nuestro amigo, joven, ateo y sentimental subía a su infravivienda también en Argüelles, a la sombra del bar los Lagartos, donde Vicente, su camarero de guardia, se negaba a servirle algo que no llevara alcohol.

Años más tarde en un rapto de pérdida de la razón, acabó abriendo su propia librería, -cómo no, en un callejón del barrio de Argüelles, aunque sin espejos-, con Juanito, su compañero en aquella distribuidora de nombre helénico, especializada en viajes y a la que la alianza con una agencia de viajes alternativos (sic) hizo que la aventura durara más de lo que por esos tiempos era habitual.

Finalmente Internet arrasó con todo y el libro arrastra su existencia parapetado en pantallas y en adictos al olor del papel recién impreso, en un país donde más del cincuenta por ciento confiesa no leer jamás alguno, el cuarenta por ciento miente, y el resto devora novedades bajándoselos del Emule o plataformas similares, robándolos en la Casa del Libro de la pérfida Planeta o incluso comprando alguno en Alberti que resiste abierta a vientos y mareas de la mano de Lola, como algunas otras, más por sentimentalismo que por lucro. Sic transit gloria mundi

alfonso. Marzo de 2020, durante el estado de sitio, en algún lugar de las montañas de Navarra.

P.D. Todos los personajes e historias de este relato son fruto exclusivo de la imaginación esquiva y borrosa del autor, de las brumosas ruinas de su memoria, y cualquier conexión con la realidad es pura coincidencia.

El Comité

triunfo1Volví a encontrarme a Margarita en el recital de Raimon, de vuelta en la facultad de Económicas muchos años más tarde. Estaba hablando con el rector de la Complutense, uno de esos catedráticos vitalicios que yo creo que habían nacido siendo funcionarios. Este era de izquierdas y Margarita y su marido, Manolito Gay, reivindicaban que estuvieron en el recital primitivo, amenizado por los grises en 1968. Margarita me vio, torció el gesto y se dio la vuelta ostentosamente mientras agarraba al rector magnífico por el codo y entraban al auditorio plagado de altos cargos zapateristas con sus coches y guardaespaldas alineados frente a la facultad, mientras la gente de a pie no podíamos entrar en un recinto abarrotado y nos conformábamos con seguir el recital en una pantalla habilitada en el vestíbulo. A la salida yo gritaba a los coches oficiales, taxi, taxi, inútilmente a ver si se liaban y nos llevaban a casa. Al fin y al cabo los pagábamos todos.

Conocí a Margarita en un comité de solidaridad con Nicaragua a principios de los 80. Era funcionaria de Hacienda y su eterno marido, el pobre, estaba a la espera de cazar un puesto en la administración. Luego me enteraría de refilón de que había conseguido entrar en la UNED, un auténtico cementerio de elefantes trosquistas, enseñando quién sabe qué.

Pero en aquel entonces preparábamos la primera brigada internacionalista que iba a ir a Nicaragua de la mano de la izquierda no oficial, a dar un paseo, echar algunos ladrillos encima de otros en una escuela de un poblado remoto, beber mucho ron, sobre todo el que firma, y vivir la historia que nos había tocado vivir con un protagonismo, afortunadamente, de baja intensidad. 

Hay gente que nace para ser líder y otra ¨puta base” vocacional como decía una amiga siempre que se encendía un porro. Margarita era líder nata y más por matrimonio. Desde antes de partir para el país, ya quería cambiar el proyecto en el que los brigadistas íbamos a participar. Porque era del otro partidillo que poblaba el Comité, el trosquista, que se peleaba fraternalmente, es un decir, con los antiguos prochinos de servir al pueblo como fuera, más algunos independientes de toda laya, sobre todo desnortados. Y ahí figuraba poco. Había que cambiarlo a sangre y fuego, es otro decir, para que los troskos, con su gran experiencia fraccional como ellos mismos afirmaban, estuvieran a la vanguardia de la vanguardia.

Pasó el verano y casi todos, como en las cuadrillas vascas, ya habíamos follado con las otras y viceversa; la gran mayoría habían regresado hablando un nica chapurreado con mucha fe, diciendo siempre pláticar, mucho voseo y mucha cadencia centroamericana que era más retrechera pero menos sabrosona que la cubana. Yo llegué esgrimiendo mi mantra favorito: “Ron Flor de caña, hoy lo toma y mañana cero goma”. Era una mentira como una catedral, excepto la de Managua que estaba a medio caer, porque la resaca era colosal. Pero jugabas un poco a ácrata o a molestar a Margarita y sus adláteres que te miraban con una mezcla molotov de conmiseración y censura.

A la siguiente reunión pos vacacional del comité se trajo un refuerzo, el Comandante. Así empezamos a llamarle cuando le sorprendimos cogiendo un taxi a escondidas un día que había pegada de carteles. Había pretextado una reunión urgente. Luego, tras la pegada, nos fuimos a comer pizza al local de unos antiguos tupamaros y lo vimos reunido en un pub de Malasaña con una amiga. Íntima, supusimos, a la que debía estar instruyendo, políticamente hablando.

A la siguiente reunión, nos comunicó que había hecho un papel, lo que era como una maldición milenaria, que debía ser discutido sí o sí. No decía más que lugares comunes, pero lo importante estaba al final. Había que cambiar de proyecto. Nada de ir a construir escuelas en lugares remotos y demás pérdidas de energía revolucionaria. Lo que quería el Frente era que contribuyéramos a levantar un asentamiento para una organización rural con el fin de despejar la frontera donde operaba la Contra y segarle el apoyo que pudieran conseguir por las buenas o por las malas de los campesinos locales. Por lo tanto, de frente con el Frente. Margarita afirmaba constantemente con la cabeza mientras el Comandante leía su papel, con riesgo cierto de romperse una vértebra.

Y ahí empezó todo. Los dos siguientes años fue una pelea continua entre las dos facciones del Comité, que además estaba enfrentado a muerte con el del PCE o Izquierda Unida, no lo recuerdo ya, que afirmaba ser el mero mero comité, reconocido por el Frente y que además no mezclaba la política interna, estábamos en plena ofensiva contra la OTAN, con el sandinismo, no fuera a ser que Javier Solana u otro siniestro sinvergüenza similar les retirara el apoyo de la Internacional Socialista.

El agent provocateur que uno lleva dentro es como un herpes. De los malos. Junto con un compañero fotógrafo y también periodista fuimos a hacer una entrevista al embajador sandinista en Madrid para un periódico que editamos algunas semanas antes de perder por goleada el referéndum sobre la organización militar atlántica y que se llamaba Salir. Le líamos un poco con el titulo, debió creer que era alguna revista sobre la movida nocturna madrileña, y le hicimos un montón de preguntas capciosas sobre el pacifismo, la guerra y demás. Entró como las fanecas. Luego Alberto y yo nos retorcíamos de risa recordando como se ponía firme ante un cuadro del auténtico General Sandino, y que apenas levantaba metro y medio del suelo. La embajada no supo donde desmentir y quejarse por la entrevista porque no teníamos redacción fija. Dependía del horario del bar de turno…

Siguieron meses de peleas continuas que alejaban, claro está, a cualquier advenedizo ajeno a la rica experiencia fraccional de la izquierda, que se atrevía a unirse brevemente al comité. Cada postura atraía a sus correligionarios, ciegos, sordos y casi mudos a su causa pero que hacían bulto y cabeceaban sin descanso cuando sus líderes peroraban sobre las ventajas de su proyecto avalado por el Frente frente a los que nos oponíamos a él con igual virulencia pero más instinto. Casi nadie, eso sí, se oponía a la barbaridad de trasladar a campesinos a un asentamiento de hormigón varios kilómetros al sur, sin tierras apenas, sin ganadito, y supervisados por los comisarios políticos de la UNAG, una fantasmal organización auspiciada por la nomenklatura, cuyos líderes no ofrecían mucha confianza cuando se presentaban en Managua a rendir cuentas.

El Comité seguía su labor. Vendía artesanías sin gracia, los nicas no eran muy duchos en la oferta, realizaba actividades más o menos inspiradas, festejaba efemérides con sus propios y menguados recursos, mientras el comité competidor del PCE no daba palo al agua, pero aparecía en todas las actividades oficiales del gobierno nicaragüense en Madrid.Estatua.jpg

Cabe hacer mención a un 19 de julio, aniversario de de la revolución, que montamos un puesto en la plaza de Malasaña a nuestro leal saber y entender, donde dábamos mojitos sospechosos, sándwiches de Rodilla y otros aperitivos globalizados porque el compañero peruano encargado de traer aguacate, que él llamaba palta, apareció con unas piedras verdes que tardaron veinte días en madurar y no pudimos ofrecer el guacamole prometido.

Por allí apareció el recién elegido concejal Matanzo, un nazi chulesco disfrazado de Pichi, que nos pidió el permiso para estar dando viandas en la calle, flanqueado por dos policías municipales y algunos otros guardaespaldas de paisano. Luego nos enteraríamos que siempre llevaba pistola. Yo mismo evité que algún compañero exaltado por los falsos mojitos le tirara alguna litrona a la cabeza lo que hubiera acarreado algunos tiros probablemente al aire, posiblemente al cuerpo como en las mejores épocas del franquismo.

No había reunión en que no discutiéramos hasta el hastío sobre cualquier tema que pudiera dividirnos más de lo que ya estábamos. Los nuevos brigadistas que llegaban tras su mes de trabajo en el siniestro asentamiento volvían henchidos de orgullo de su trabajo cavando cimientos en la selva montañosa del norte del país y Margarita y sus amiguitos nos miraban con suficiencia afirmando con su mirada la pertinencia de tal trabajo revolucionario.

Nosotros seguíamos realizando actividades para sacar dinero que mandábamos puntualmente al país por diversos medios y montábamos puestos en la calle, en conciertos, mítines y demás actos ligeramente subversivos en el mejor de los casos, aburridos casi siempre. Algunos nos sentíamos como las Señoras del Ropero donde militó largos años mi abuela, pero aprovechábamos para después ligar, beber, y tal vez follar si no habíamos bebido demasiado, lo cual era habitual.

El tiempo trascurría dejando huella y cansancio y las debilidades humanas pasaban factura. Uno de los nuestros, un poco límite, se había ofrecido a ser el nuevo tesorero del Comité y al cabo de unos meses resultó que se había gastado en sí mismo todo el dinero recaudado. Menos mal que otro compañero cabal se hizo cargo del asunto y consiguió afearle la conducta y que devolviera los fondos a cargo de su magra nómina de delineante del ministerio de marina. Pasó y no hubo nada. Casi, porque tuvimos que aguantar algunas caras de reconveniencia apenas contenidas de la facción dirigente.

Los comedores de pizza tupamara, afectados de un alto riesgo de colesterol, comentábamos entonces en nuestros ágapes tras las reuniones que los Margarita’s boys estaban últimamente sospechosamente tranquilos y poco enardecidos en su proyecto revolucionario-respaldado-por-el-Frente.

Un cierto martes por la tarde comparecieron todos muy serios y dejaron la palabra a una muchacha bastante razonable de su facción que se llevaba bien con todos, entre otras razones porque tenía un bar en Malasaña donde abrevaba casi todo el Comité. Su nombre de guerra era Piti, y los que sabíamos inglés, un escaso 0,1% del Comité, la llamábamos en base a su militancia What a pity! Nos anunció, demudada por la noticia, que su camarada, que respondía como el Macanas, la persona que coordinaba el proyecto en Nicaragua y miembro de su partido, se había metido en la vena todos los fondos que habíamos mandado en los dos últimos años. Pobre Piti, parecía sincera parapetada tras la máscara de funcionaria de Hacienda de su líder y el rostro hierático del Comandante. Incluso habían ido a Barajas a recibir un vuelo en que se suponía que venía el yonqui que por supuesto no volvió a aparecer por los mentideros, nunca mejor dicho.

Luego nosotros no quisimos hacer sangre. El asentamiento languideció por los avatares de la guerra y también nos llegó el rumor de que la Unión  Nacional de Agricultores y Campesinos, nuestra contraparte nica, respaldada sin fisuras por el Frente, se había pulido otra gran parte de los fondos aportados por nosotros en casas de lenocinio y vistosos todo terrenos 4X4 con los que aparcar en tales tugurios sin llamar la atención.

Hasta ahí llegó el Comité. La OTAN ya no tenía enemigos de tal porte en el país, Nicaragua cambió de gobierno, Margarita y su marido encontraron nuevos proyectos donde ejercer su liderazgo, y los más conspicuos bebedores nos retiramos a nuestros cuarteles de invierno arribando en propuestas menos bizarras, aunque más simpáticas como el Derecho a Morir Dignamente, la ecología y el animalismo, o más tóxicas como el independentismo radical, la lucha escasamente armada y el feminismo radical transgénero.

Muchos años más tarde, en alguna hojilla parroquial, leí que Margarita y su consorte habían arribado a las procelosas agua del Podemismo en su versión anticapitalista y que desde allí hacían papeles que discutir, seguían sin pegar carteles ni acudir a mesas petitorias, aunque organizaban roperos para desfavorecidos en el Movimiento 0,7% y más sin aparecer en los actos, y acababan pidiendo solidaridad para los afectados por la hipoteca que habían comprado pisos que no podían pagar.

En definitiva conseguimos anticiparnos a la etapa de corrupción generalizada en que iba a caer el sandinismo y otras hierbas no menos amargas algunos años más tarde, para liderar un horizonte de chorizos, aquí y en la tierra hermana latinoamericana, a mayor gloria de una izquierda tentada por los oropeles y de levísimo peso. Pero la culpa siempre era del Imperio.

Nuestros líderes siguieron escaqueándose en taxis cuando no les veían, eso sí, y agarrados del codo del magnífico señor rector entraban a los conciertos que conmemoraban no sé que juventud desvanecida ni qué causa perdida que mereciera el esfuerzo de creer en ella antes de morirnos, ellos de viejos  orondos y satisfechos, nosotros de una cirrosis poco luminosa pero llevada con gran dignidad, como en el mismísimo Rick’s Cafe.

Lekunberri, 25 de agosto de 2019

Como lágrimas en la lluvia. La historia de la Brigada (en mobi, Kindle)

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La Parker, un aciago regalo

Eva, Taíno y el que suscribe

 

Era uno de esos jóvenes que te cautivan desde el día que los conoces y eso que a mí nunca me han gustado los adolescentes y mucho menos los niños. Y lo que marcó el final de una larga relación fue precisamente su desapego por un regalo que le hice vía su madre: una pluma Parker al acabar su carrera.

Nunca me puso un mal correo para dar acuse de recibo, ni una postal de las analógicas, de esas que tanto siguen gustando a los escandinavos, sobre todo a los alternativos con síndrome de Diógenes, siempre devotos de una austeridad que raya en lo cutre, lo calvinista y lo patológico.

O quizá de cansó de los amigos de su madre.

Conocí a su madre, Eva, en Alemania Occidental, al filo de caerse el muro. Coincidimos en casa de unos alemanes que habían estado en Nicaragua en plena guerra contra el somocismo y luego contra el Imperio, mucho antes de que su presidente, antiguo guerrillero, se convirtiese en el cuñado intelectual del propio Somoza, como tantos otros líderes de la izquierda combatiente, como, por ejemplo, Mugabe en Zimbabwe.

Eva había empezado su eterno viaje a ninguna parte en el Chile de Allende, muy joven, muy ingenua, incluso para una sueca, paradigma del país de la inocencia posfascista. Porque nunca asociamos Suecia al papel siniestro que jugó en la II Guerra Mundial desde una falsa neutralidad y a las brigadas internacionales que mandó a luchar con Hitler, especialmente en la defensa de Berlín, poco antes de su caída.

En Alemania nos producía curiosidad las filas deciudadanos de la RDA llevando colchones y televisores a cuestas para pasar la frontera recién abierta, comprados con la subvención que recibían de sus hermanos occidentales. Berlín entonces era la meca de la modernidad, de los jóvenes que desertaban del servicio militar, de las lesbianas recién amanecidas, del PKK kurdo con sus pintorescas sedes multirraciales en el Kreuzvert, el barrio más alternativo de Europa. Yo estaba durmiendo en una casa ocupada que había gestionado desde Madrid, que era dos veces más grande que la mía y tres veces más cómoda, bien amueblada y confortable; incluso con una lavadora que funcionaba con monedas.

Eva andaba aquel año sin destino y no me refiero al vital, porque ese nunca lo tuvo. Yo la conocía como amiga de mi pareja de entonces. Habían estado ambas varios años en Nicaragua colaborando con el gobierno sandinista, Eva como sueca y traductora de Olof Palme cuando caía por la zona, y las dos habían hecho un bizarro servicio militar de algunas semanas como guardarrayas cerca de la frontera donde ya estaba operando tímidamente la Contra. El que dos internacionalistas fueran admitidas a hacer esa pantomima de servicio militar en el ejército regular nicaragüense hablaba mucho, y bien, de la simpatía y el desmadre de una revolución latina y jovial en sus primeros años.

La sueca, 1,80 cm de altura, cerca de los 100 kilos de peso, con un gran sentido del humor, nos contaba que en las maniobras nocturnas siempre le tocaba ocupar un pozo de tirador donde orinaba, orrinaba decía ella, una camarada de armas. No le quedó más remedio que hacer una autocrítica a la compañera en una de esas asambleas donde se contaban sus miserias, envidias y chascarrillos a modo de ejercicio de célula. Con el tiempo esas sesiones se denominarían meditación o autoayuda.

Eva era capaz de preguntar sin empacho y con un vozarrón vikingo en medio de una película de arte y ensayo, qué significaba follarrr, en medio de las risas del respetable y del siseo de algún intelectual resentido.

Unos años más tarde le caímos por su casa en San Salvador, donde estaba pasando un año como falsa golondrina de la iglesia luterana sueca, colaborando bajo su respetable cobertura con la guerrilla del Frente Farabundo Martí. Claro que tras el asesinato del Obispo Romero, esas coberturas habían perdido su valor y mucho peso específico. Eva creía en dios como yo en que el Athletic ganara alguna vez la Champions League.

Pasamos unos días en su casa sufriendo los cateos del ejército, muy nervioso ante la inminencia de la ofensiva definitiva del Farabundo que iba a dejar la guerra empatada. Aprovechó para mandarnos a dar cobertura internacional a un poblacho donde el ejército se había “levantado” al alcalde borrándole de la faz de la tierra. No he pasado más miedo que cuando una doña se largó un mitin en medio de la llanada en la que se escondían algunas decenas de soldados gubernamentales, sobre lo que sus muchachos les iban a hacer a los desparecedores. Tampoco nunca he tomado un refresco más inmundo y que me supiera tan bien como una Fanta de uva que me alcanzaron los pobladores y que cuidé de librar de los garrotazos al aire que propinaba la rambo filoguerrillera. El caso es que soltaron a las pocas horas al alcalde, yo creo que más por no soportar a la líder y sus filípicas que por la débil protesta que pudiéramos proporcionar los extranjeros allí presentes, también fácilmente desaparecibles.

La sueca andaba en aquellos días embarazada y no dejaba que me acercase a menos de tres metros de ella si llevaba un cigarrillo encendido. Lo había conseguido en Cuba, tras numerosos intentos a manos de Enrique, un negro cubano capaz de dejar preñada a la pirámide de Chichén Itzá si se ponía a tiro. Pero Eva además quería que la quisiera. Y que ejerciera como padre de su hijo. El joven escapaba como podía a sus requiebros a pesar de que le ofrecía salir de la isla, donde no figuraba precisamente como ardiente defensor de los barbudos, y de los regalos sencillos pero constantes a su madre y sus hermanos, que se hacinaban en un estrechísimo departamento bien vigilado por los CDR locales, que no veían con buenos ojos a ninguna extranjera que rondara a los hijos de la invicta revolución.

Llevó su embarazo con toda la naturalidad de una madre soltera sueca al filo de los cuarenta. Advirtió a la comadrona que no se asustase si el niño aparecía negro como el carbón, pero el muchacho salió mestizón, de huesos grandes como su madre, piel lechosa sin lactosa, ojos vivarachos como los de su padre y una sonrisa desarmante que no sabías si achacar a su presunta inocencia escandinava o a la labia de todo cubano a la hora de “resolver”. Le llamó Enrique Taíno. Enrique por su padre, pero daba igual, todos le llamaríamos siempre Taíno y nada más que Taíno, como los indígenas que poblaban la isla antes de que los españoles les mataran de sifilazos, alcohol montuno y trabajo esclavo en la caña.

Se quedó en Suecia viviendo su maternidad, donde todo era más fácil dado el carácter asistencial del gobierno, encantado de que sus ciudadanos procrearan, más si eran de edad avanzada y de padres refugiados o en trance de serlo. No recuerdo por qué razones fueron al norte, cerca del Círculo Polar, donde el cubanito empezó a balbucear sus primeras palabras: “Frío, frío”, parece ser que fueron estas, una mañana en que el coche les dejó tirados en medio de esa tundra a medio civilizar.

Pasaron por Madrid en algunas ocasiones de los muchos viajes que Eva y su hijo, enmadradísimo, emprendían a Latinoamérica, sobre todo a Cuba, para que su padre se moviera a compasión y fuera consciente de sus espermatozoides, pero también a Centroamérica donde colaboraba con distintas ONG’s. En unos de esos viajes contribuyó a la inauguración de un centro dedicado a Pipi Calzaslargas en un descampado torrado por el sol de Managua. Yo me imaginaba a Enrique Taíno tratando de explicar a los nicas coetáneos la rebeldía surrealista de la muchacha y se me saltaban las lágrimas. De risa.

En mi diminuta casa madrileña no cabían en los paradas que hacían antes de cruzar el charco y se quedaban en una pensión cercana donde el niño le explicaba al asturiano recepcionista y dueño del establecimiento en un castellano de piedra, con unas erres monstruosas, que quería “dorrrmir en cama matrrrimonial con su mamá”. Eva juraba que era una costumbre ancestral vikinga. Yo les esperaba en el portal.

Llevaba al niño, entonces de seis años, en un carrito desvencijado desechado por los Traperos de Emaus suecos, de origen marxista leninista, y al muchacho le colgaban los brazos por fuera y si se dormía los arrastraba por la acera tropezando en ocasiones con las deposiciones de las mascotas madrileñas. La sueca se sorprendía de la falta de civismo de los madrileños que entonces juzgaban de locos recoger la mierda de sus perros con una bolsita.

El gran problema de la madre era ducharse sin arrastrar a Taíno con ella. No la dejaba ni a sol ni a sombra. Cuando luego empezaron a proliferar los móviles, la madre tenía que esconderse a hablar porque el niño rompía a llorar hasta que colgaba el aparato. Insistía en que eran costumbres escandinavas, pero con menos entusiasmo y firmeza en su voz. Yo creía firmemente que el niño acabaría convertido en un Hemingway negro o en una versión light de Charles Mason, empezando su carrera criminal por la autora de sus días.

Pasaron algunos años y yo me fui a vivir a la colonia Roma, en el DF mexicano, haciendo un alto en un viaje de varios meses desde San Francisco hasta Tierra de Fuego, tras cerrar mi librería por falta de quórum clientelar y de una mínima sintonía con mis socios de la agencia de viajes. Allí nos cayó Eva en cuanto se enteró de que cabía en el departamento que nos había dejado una boliviana fresísima, la primera boliviana pija que conocí, podrida de dinero paterno, que nos había rentado una recámara y había marchado de viaje por África. Estábamos solos y apareció Eva en el aeropuerto tirando del mismo carro desvencijado donde ahora llevaba una maleta monstruosa cargada de zapatos de segunda mano, es un decir, destinada a sus deudos en la Habana, siguiente etapa de su viaje.

Anduvimos poco por la capital, porque Taíno era un engorro con su magnética atracción por su madre, porque la ciudad era ya bastante peligrosa y yo no me atrevía a desafiar a los narcos y ladronzuelos de poca monta con un niño de trece años en los brazos de madre, y porque nos conformábamos con pasear por el cercano parque del antiguo Hipódromo, tomar caguamas en un bar cercano donde los tacos eran baratos y sabrosos y los chilaquiles curaban de una vez la cruda de la noche anterior de tequila peleona.

Una mañana nos dejó al semiadolescente dormido en la cama del salón y fue a hacer unas compras al mercado de artesanías de la Ciudadela. Taíno abrió los ojos, miró a su alrededor, volvió a abrirlos un palmo más y comenzó a berrear mientras preguntaba dónde estaba su mamá. Hicimos de todo para calmarle menos abofetearlo, de lo que me arrepentiría toda mi vida según le conté al interesado poco antes de graduarse en el Instituto. Al final desistimos, le dejamos berreando en la terraza que estaba enrejada hasta el techo por miedo a los amigos de lo ajeno, incluidas las vidas. Aunque yo opinaba que no se tiraría hasta ver a su madre tres pisos más abajo y entonces ya no sería responsabilidad nuestra.

Pasaron los años y pasó la vida dando tumbos, como siempre. Eva estuvo unos meses en Bolivia, otros en Zimbabwe, todavía con el sátrapa africano en el poder, y unos años en Nueva Zelanda,  colaborando permanentemente con ignotos y descacharrantes organismos internacionales vinculados en unos casos a Suecia y otros a Naciones Unidas, pero sin que supiéramos exactamente cuál era su cometido. Espía no era, le faltaba carácter y además había aprendido a mentir muy tarde, con los guerrilleros, y se le daba fatal.

Taíno fue convirtiéndose en un muchacho responsable, que miraba a su madre con dulzura no exenta de cierta conmiseración, equilibrado y muy inteligente. Se reía a mandíbula batiente cuando le recordaba que siempre pedía cama matrimonial para dormir con su mamá. Cuidaba de ella. Estudiaba en el Instituto de Linköping y no sé si sacaba buenas notas o si esas cosas eran de colegios pijos meridionales, pero su madre afirmaba que era muy buen estudiante. Hablaba un castellano de trapo, hijo bastardo de casi todos los acentos latinoamericanos, sobre todo de esa cadencia tropicalona cubana. Era encantador.

No pude ir a su ceremonia de graduación del insti. Le mandé un reloj con una amiga que sí asistió. Me respondió con una postal digital en que me agradecía el regalo, me contaba algo de la ceremonia y de que andaba ligando con una refugiada iraní.

La siguiente vez que pasó por Madrid su madre colaboraba con una ONG de oftalmólogos que graduaban la vista en Guatemala y ponían gafas de segunda mano –yo creo que tanto si las necesitaban como si no-, a los indígenas de los Cuchumatanes que quedaban encantados en cualquier caso de su distinguido y renovado aspecto. Me enseñó orgulloso el reloj que llevaba en la muñeca derecha. Era muy alto, me sacaba la cabeza, jugaba espléndidamente al ajedrez, ganaba al ordenador, y jugaba baloncesto con tal aprovechamiento que le habían ofrecido hacerse profesional. Yo, ex jugador también, le reconvení como buen burgués y le animé a que siguiera una carrera seria. Más tarde le llevé a conocer el barrio de las Letras sin su madre y al tercer gin tonic cambié de opinión.

-Dale al baloncesto güey. Que se chinguen todos los vikingos esos bienpensantes, caritativos de mierda e hijueputas.

Al escuchar el acento del suecocubano y al ingerir cantidades importantes de ginebra volvía a mi retorcido acento chilango mezclado con algo de zapoteco. Taíno sonreía y me miraba con esos ojos suyos grandes, siempre al borde de la sonrisa, de mirar apesadumbrado a su madre y sus amigos borrachuzos, inermes, inertes y descarriados, que nunca iban a encontrar el norte ni con GPS.

Luego le perdí la pista a casi todo. Volvía a viajar a sitios donde ya había estado con un renovado grado de escepticismo que se volvería cada vez más sarcástico. Una amiga a la que le hacía la corte durante esa época de mi vida me regaló un Smart para que la visitara los fines de semana en Pozuelo y me volviera el lunes por la mañana a mi barrio de Argüelles donde cada día había más chinos y menos bares. La dejé en ese instante. Le dije que no se podía hacer un regalo a nadie que este no pudiera igualar. Creo que lo había oído en una película de indios en el cine del colegio, pero me sirvió como argumento para no volver a verla. Y para dejar mi ego de hidalgo venido a menos casi intacto.

Me hice corresponsal en España de un tour operador indio que me dio varias clases magistrales de cómo robarme mis comisiones bajo variados pretextos y subterfugios. Entonces entendí a V.S. Naipul y la aversión por sus compatriotas. Sobre todo cuando escribía que “La función del hombre de negocios (indio) es hacer dinero… Como comerciante no tiene la obligación de suministrar medicamentos auténticos ni buenos zapatos, ni siquiera medicamentos o zapatos. Su obligación consiste en ganar dinero, por cualesquiera medios”.

Eva entonces me contrató para traducir una revista que editaba una ONG sueca que otorgaba una especie de Premio Nobel de la paz protagonizado por niños. Hoy hubiera sospechado inmediatamente de que la dirigían curas pederastas. Me tocó el número de su revista en que se glosaba la vida y aventuras de una menor paquistaní obligada a ejercer la prostitución en su país del que había conseguido escapar y ahora dedicaba su vida a luchar contra esa lacra. Lo primero que hice fue cargarme un pie de foto en que se afirmaba que la joven estaba muy “excitada” en Estocolmo. A Eva se le había pasado y estuvo riéndose diez minutos por Skype. La palabra excited es un “falso amigo” muy americano; algo así como Daniel Ortega, pero sin matar tanto.

Me dijo que Taíno había terminado la universidad con éxito, un grado de ingeniería con especialidad medioambiental, una de esas carreras que solo se le ocurren a los suecos, como comadrona experta en métodos anticonceptivos veganos o veterinario sexador de codornices. Le dije que le iba a mandar un recuerdo y que por favor le felicitara de mi parte. También le mandé un email a una dirección que me facilitó su madre sin mucha convicción.

Le compré una de las mejores plumas Parker que mi presupuesto me permitía. Una de esas por la que suspirábamos en el colegio, que no echaba esos manchurrones de tinta de la Inoxcrom sobre las láminas, cuadernos, pantalones, camisas etc…

Nunca me contestó. Esperé pacientemente algunas semanas antes de protestar ante su madre que me juró que se lo había entregado a pesar de mis suspicacias. Pasaron otras tantas semanas. Yo no lo olvidaba y volví a preguntar a su madre. Al cabo de tres meses recibí una postal desleída en cuerpo y alma en que me daba las gracias y me decía que estaba bien. Punto.

Nunca más he sabido de él. A veces su madre, Eva la Sueca, me manda recuerdos a través de una amiga común. Nunca contesto. Quizá Taíno se había cansado de los amigos excéntricos, desnortados y envejecidos de su madre. Lo últimos que sé es que anda por Nueva Zelanda con su esposa sueca, una walkiria de metro noventa y cien kilos en canal, y sus dos hijos. Su madre le acompaña como eterna babysitter, ahora de sus nietos.

O quizá la pluma no fuera de su agrado.

©alfonso, Carboneras, diciembre de 2018

 

Cadalso, una infancia patibularia

Tras casi cinco horas en un autobús con las ventanillas abiertas, una vomitona por una de esas ventanillas, sostenido habilidosamente por la Seño que apartaba el flequillo al mismo tiempo que el cuerpecillo del niño, con paradas interminables en que subían pasajeros con cestas tapadas con grandes servilletas a cuadros y alguna gallina trincada por las patas, Martín llegó a un pueblo a apenas 80 kilómetros de su casa y de nombre siniestro, Cadalso, algo atemperado por su segundo apellido, “de los Vidrios”.

 

Durante la guerra había hecho honor a su nombre patibulario ventilando a tiros rencillas y luchas por las tierras de los alrededores, todas en manos de los caciques y sus patrones, casi siempre viñas anudadas a sí mismas que daban entonces un vino algo dulzón, embocado le decían, basto y grueso, como el palacio anejo de Álvaro de Luna, orgullo de sus habitantes. El final de la guerra se había rematado con una traca sostenida en escabechina que pobló de tumbas sin nombre al pie de los paredones los pueblos de los alrededores, San Martín, Navahonda, Cenicientos sobre todo.

 

Habían conocido el pueblo y a la Seño en una de esas excursiones semifeudales en las que  Flora salía a buscar criadas internas por los pueblos castellanos. Ya no las importaba desde Santander, -aún no se llamaba Cantabria, sino que formaba parte de Castilla La Vieja-, y por supuesto la señora se regía por sus prejuicios, fobias y antisemitismo acérrimo, fruto quizá de un origen pasiego poco claro pese a sus reiteradas reclamaciones de ser de pura raza aria. Un poco como las vacas de su tierra, mejorando lo presente.

Desconfiaba pues de los pueblos donde hubiera actuado la Inquisición o donde hubiera habido reagrupamientos de judíos por las persecuciones, como en áreas de Extremadura. Por eso se limitaba a un arco de doscientos kilómetros alrededor de la capital del Imperio. Castellanas viejas, decía. Las de Toledo no tienen apellidos claros, en Guadalajara no han tenido nunca donde caerse muertas. Mejor Segovia, Ávila, Valladolid o los propios pueblos de Madrid que no hayan sufrido demasiadas inmigraciones oscuras. Y con ese oscuras se refería al origen, pero también al color de la piel.

 

Llegaba en el coche con su hijo cojo, con Martín y más tarde ya con la Seño a modo de sargento mayor, buena para un roto, un descosido o cualquier otra tarea por ingrata que resultara, siempre que fuese de provecho para sus señores, aún renunciado a su condición de señorita de compañía para la cual había sido contratada, es un decir.

Se empezaba visitando la casa rectoral o la iglesia para hablar con el párroco, que siempre sabía de alguna moza que quisiera ir a la capital a ganarse unos pesetas o echarse un novio, o que anduviera su familia tan desesperada de dinero que aceptaran cualquier cosa para ella. A veces, si había suerte, se volvía con la muchacha en el coche, callada, procurando no ocupar mucho sitio en el asiento trasero que siempre albergaba a la Seño y al benjamín, con la postulante algo asustada ante el panorama que se abría ante ella, aunque en ocasiones con ojillos chispeantes.

Previamente se había transitado kilómetros por carreteras de cabras y se había celebrado la entrevista con el curilla lambiscón, al que había que untar la mano con una limosna que la madre decía que no siempre acababa en el cepillo. Cuando se despedía la reunión las comadres invariablemente, hubiera o no muchacha dispuesta a partir, llamaban a voces al chófer para que ocupara su asiento al volante. Entonces Flora dibujaba una sonrisa algo desvaída, desmayada y estrábica que tanto le hacía parecerse a Bette Davies y decía que conducía ella, lo que levantaba un coro de ¡Válgame Dios! ¡Ave María Purísima! y otras expresiones semejantes entre las mujeres y algún codazo malintencionado entre los hombres.

 

El regreso se acometía antes de que cayese la noche por las mismas carreteras mal asfaltadas y llenas de camionetas que no se apartaban por no ceder ante el coche de los señoritos o porque de hacerlo podían caerse a una de esas cunetas que nadie sabía cuántos cadáveres podrían cobijar, hablando en voz baja madre e hijo con un ala rota en el asiento delantero, mientras que la Seño trataba de distraer al pequeño en el posterior.
Y siempre, siempre, la conductora formulaba la misma severa admonición a la primeriza:
─No se crea usted que estamos enfadados. Es que somos del Norte.
Y la Seño sonreía un poco cómplice.

 

Para Martín se trataba de su primer verano fuera, aparte de los meses pasados en el Salus Infirmorun, para protegerle de la polio que abatía a su hermano inmediatamente mayor y a miles de niños en una España atroz que no había podido traer la vacuna cuando se inventó por no gastar divisas en un ejercicio inútil pues ya contaba con el brazo incorrupto de la Santa y la penicilina de contrabando que pasaban en Chicote los mamporreros con traje cruzado del Régimen. Un “paralís”, como le decían entonces, que no había podido con el pequeño, fuerte, algo rechoncho, y libre de “pelusas” que pudieran haberle debilitado el ánimo y el sistema inmunológico, como le hicieron saber no muchos años más tarde.

Esa fue la primera vez que se lo quitaron de encima algo que luego se convirtió en costumbre,  pasando más tarde por Cadalso y por campamentos varios de “lobatos” y scouts en el ámbito del colegio y acabar despachándole a Irlanda e Inglaterra.

La semilla debió prender en el segundo de sus hermanos mayores que luego mandaba su único hijo indefectiblemente  y sin fallar ninguna ocasión  a toda clase de colonias y campamentos, ya fueran de curas, del PCE o de los Alegres Cantores del Coro, con tal de que no le incordiara en sus vacaciones.

 

El padre de la Seño, Francisco, el Tío Paco, era un borracho que nunca había trabajado, y que obtenía unos magros ingresos de las tierras que tenía en cedidas en aparcería, recuperadas tras el final del conflicto civil, y que felicitaba puntual y efusivamente aunque con el debido respeto todos los 4 de diciembre al Caudillo, su tocayo y coetáneo exacto. La Casa del Generalísimo le devolvía el detalle en cartas que el borrachito guardaba celosamente y solo enseñaba a quien se dejaba, que eran pocos.

En una ocasión la Seño le machacó una mano con la puerta del Seat 1500 porque con su verborrea alcohólica no dejaba partir el coche de los Señores que escuchaban sus desvaríos de vino peleón con cara de infinito aburrimiento y ya con el motor en marcha.

La gorra de GuillermoEl día de su llegada Martín recorrió el pueblo por primera vez, desde donde paraba el autocar, así se decía entonces, hasta la calle principal, tocado con una gorra que odiaba, sacada de la portada de un libro de Las Travesuras de Guillermo, mientras su Seño, lo único que tuvo para él casi en exclusiva hasta que llegó el loro, llevaba su pequeña maleta de cartón negra con la ropilla blanca, algunos lápices de colores marca Alpino y un cuaderno de colorear.

 

Al día siguiente le bañaron sobre un balde de estaño en su cuarto del piso superior donde no había ni agua corriente ni cuarto de baño, pero sí un orinal en la bajera de la mesilla de noche. Algunos días más tarde el padre, el Tío Paco, le llevó como en un rito iniciático a la cuadra donde picoteaban las gallinas, para que se aliviara entre el heno, el barro y los pámpanos medio podridos, para contribuir a una composta excelente ahora ya enriquecida por las heces de un niño del barrio de Salamanca.

 

Tras las obligadas siestas, cuando el sol, ─seco y cruel, inmisericorde y beato, es decir castellano viejo─ , caía con aplomo, le sacaban a visitar la cercana fuente de donde se acarreaba el agua en cántaros, cerca del ayuntamiento. A continuación pasaban por el bar donde iba a tomar uno de sus diarios Danones de cristal, que luego ya le ponían sin preguntarle al verle atravesar el umbral de la mano del Tío Paco mientras servían casi en el mismo movimiento un chato largo del producto elaborado a mamporros en la cercana cooperativa del Cristo del Humilladero. Allí se iba a coger la primera de sus borracheras, más por los efluvios que despedían las tinas que por el vasito de vino dulzón que se bebió de un trago, entre los chillidos, siempre un punto histéricos de la Seño.

 

Solían salir a reunirse con unas mozas de familia medio regular al filo de la treintena que ya tildaban en el pueblo de solteronas, para a continuación todas en comandita y con el niño cogido de la mano, rendir visita al cura en la maciza y un poco amenazante iglesia cercana. Este siempre las recibía con una sonrisa condescendiente, tendiendo la mano para que se la besaran y dando un pellizco, ingenuo pero no por ello menos molesto, al pequeño, ya sin gorra, convenientemente escondida en lo más profundo de la cuadra.

Pasaban un buen rato charlando mientras Martín jugaba en el zaguán y miraba el interior con prevención genética aunque le ofreciera su frescor de piedra bautizada y tenía que tirar varias veces de la mano de la Seño hasta que las mozas volvían a besar la mano del cura con una levísima reverencia y salían por fin, ellas cogidas del brazuelo,  a recorrer la cercana carretera hasta el cruce, bajo la sombra cejijunta de los chopos.

Todavía hoy recuerda los desayunos de churros recién hechos con Cola Cao, no con Nesquik que era lo que tomaba en su casa y le parecía algo de señoritos, y los cocidos al amor de la lumbre y en puchero de barro alto y estrecho que cocinaba Matilde, la mujer callada, sumisa y cariñosa que soportaba al Tío Paco sin una palabra más alta que otra.

 

La Seño Milagros tenía un carácter diferente, más primitivo y belicoso, más de brigada que de sargento chusquero, y aparte de aquella vez en que estuvo a punto de quebrarle varias falanges con la puerta del coche de sus señores, en más de una ocasión había sacado al autor de sus días a empellones del bar calle abajo, hasta que el pater familias como gustaban de decir los curas, le tenía que recordar que era su padre, la autoridad emanada de dios y encarnada en el patriarca. Curiosamente la misma teoría que mantenía el padre del niño, prácticamente abstemio pero nacido de la misma cepa retorcida del nacional catolicismo.

 

Pepita, la otra hermana que trabajaba en un colegio de Madrid del Auxilio Social, regido por una falangista enfundada en una camisa azul que apenas contenía sus ubérrimos pechos, más lista y más fina de cuerpo y alma, arrebataba al padre de los empujones de su hermana y le llevaba al patio trasero, en la antesala de la cuadra, a que le diera el aire.

Antonio, el tercero de la prole nunca venía al pueblo, siempre metido en su uniforme gris y en su chiscón de la portería de una casa bien de la calle Zurbano. Allí la hermana llevaba a Martín en las tardes desmayadas de agosto, un lugar antipático donde no le dejaban tocar el latón recién pulido del pasamanos de la escalera. Se trataba de ocasiones escasas en que no iban al Retiro a reunirse con el otro Antonio, con teja y traje talar, consejero espiritual que tanto odiaba el niño por arrebatarle las atenciones de su Seño, y que acabaría con sus melifluas regañinas mendaces mecidas en el aire acondicionado del Vaticano, como decía Rubén Blades.

Ciertamente en su primer paseo solitario le había descalabrado un chaval del pueblo que se había reído además de su vestimenta de señorito de ciudad, lo que hizo que la Seño batiera el récord mundial de los 200 metros con falda estrecha y recatada hasta coger al apedreador y darle una somanta que a poco le desgracia, pero su vida en el pueblo era feliz, centro de atracción y atenciones de todos, excesivas las del grupo de solteronas, es cierto, y algunas otras tóxicas, como cuando se hinchó de higos puestos a secar sobre mantas tendidas fuera de la sombra tísica de los galpones de las casas, bien jaleado por los lugareños, lo que le produjo un cólico de campeonato.

Fue la primera vez que conoció al primo de la Seño, médico con consulta a pie de calle en la Avenida de América de Madrid, corucho de pura cepa, nunca mejor dicho y republicano hasta el hueso,  que aún conservaba colgada en su casa de Cenicientos una bandera tricolor colgada en el saloncito, lo que le había valido varias llamadas, no detenciones en sí,  al cuartelillo de la Benemérita. Luego las visitas de Martín a la consulta, cercana a la casa de sus padres se hicieron frecuentes, más por afición de la Seño por hablar con su primo el rojo que por necesidades hipocráticas, con el niño encantado porque siempre, siempre, el azañista le invitaba a un yogur en el bar cercano y certificaba que estaba como un toro, o “como un becerro” como apuntillaba.

También se corrió por el pueblo la especie de que el muchacho sabía bailar el twist, algo de lo que Martín había alardeado en el Ultramarinos donde compraba todas las tardes sin falta su onza de chocolate que el dueño partía con un cuchillón tipo guillotina con el que también cortaba el bacalao, lo que prestaba al producto, hijo de los más seculares algarrobos del terruño, un aroma salado que más tarde los más conspicuos chocolateros suizos copiarían como reclamo de su excelencia un poco esnob. A Martín no le quedó más remedio que bailar el twist sin música pero enrojecido hasta la raíz del pelo recién cortado por el barbero del local anexo que llevaba varios días reclamándole una demostración.

 

Entre las brumas de su memoria se le aparece el teleclub del pueblo, uno de los primeros auspiciados por Fraga, donde iba a ver los dibujos y algún partido de fútbol en que no se distinguían ni las porterías entre la nieve analógica del mamotreto y del que salía indefectiblemente con los ojos rojos por las interferencias pero también por humo del tabaco de picadura que fumaban los paisanos uno tras otro y que nunca, nunca, le dejaban liar.

 

Fue al pueblo de nombre oscuro durante varios veranos, envidiando de refilón la suerte de su hermano poliomielítico que visitaba Francia -donde le veía el Doctor Trueta, médico famoso, exiliado por rojo-, y Suiza acabando varias veces en Mallorca como recompensa que aliviara la mirada triste y algo perruna del joven enfermo.

 

Pero fue feliz con su Seño, con su primo, casi un médico particular, tan chulo y tan simpático,  con el Tío Paco, al que había perdido el miedo y se le reía en las barbas imitando sus balbuceos de borrachito. Disfrutó la magra piscina del pueblo, con unas patatas fritas casi tan buenas como las de la calle México de Madrid que devoraba cuando salía del cercano Club Santiago, el complejo deportivo que más ha hecho por el colectivo LGTBI y otras hierbas, con sórdidas piscinas separadas por sexo, (el que figuraba en el DNI), y unas mesas de ping pong de piedra donde cascaban las pelotas tras el mate de algún alborozado jugador no convenientemente prevenido.

 

Muchos años más tarde, ─tras haber pasado la única etapa inocente de su infancia en Cadalso, tras haber aprendido a tirar piedras casi tan bien como los mozalbetes cadalseños, a bailar el twist cada vez peor, a no atracarse de higos secados al sol, a beber buen vino, jamás del denominado embocado, a comer chocolate salado de marca suiza, a no ver televisión prácticamente nunca y a sonreír con algo de suficiencia a las mozas casaderas antes de prenderse de sus manos para dar un paseo vespertino─, volvió al pueblo acompañado del mayor de sus hermanos y no reconoció ni la geografía, ni casi a la Seño y por supuesto tampoco a sí mismo  ni a su pasado, como ya le empezaba a ser habitual.

 

Comieron en su casa, en la que estaba pasando una temporada la hija, con un síndrome de Down profundo, fruto de ser primeriza a los cuarenta y tantos, traída al mundo por una madre ignorante, católica a machamartillo y algo asilvestrada. La dejaban salir algunos días de la cercana residencia especializada para que pasara con su madre una temporada en que apenas fijaba la vista, musitaba algún sonido y aguantaba sin pestañear y sin queja aparente las lágrimas calladas de su madre, que se le desbordaban cuando sostenía unos segundo al menos la mirada errante y vacía de su niña.

 

─Yo lloro mucho, hijo. Pregúntale al párroco. Voy a misa, confieso y comulgo todos los días y me doy consuelo.
─No gracias, Seño. No vaya a ser que me ponga otra vez a limpiar el altar de la capilla sin pisar la reliquia enterrada del santo. Porque hoy bailaría sobre ellas –contestó Martín sin perder su sonrisa algo torcida.

 

Carboneras 29 de julio de 2018
A la Seño Milagros, recién fallecida, in memorian 

Sodoma y Gozorra

El padre Bringas en casa Mañeru

¿Era mi pasión por la señora Gray, en sus comienzos, en cualquier caso, algo más que una intensificación de la convicción que todos teníamos a esa edad que las familias de nuestros amigos eran mucho más simpáticas, amables e interesantes ─en una palabra, más deseables─ que la nuestra?
John Banville, Antigua luz

Mi compañero de pupitre no se llamaba Kike, sino Jesús. Como su padre y como el mío, pero por pura cursilería quería que le llamáramos Kike, con dos kas. Teníamos 15 años, éramos inseparables, nos colábamos juntos en el cine para mayores de 18 años, nos bebíamos la vida a gollete en esa época en que todo giraba tan deprisa y llorábamos juntos de ganas por estar con una mujer. Pero no menos importante era que me prestaba a su familia y que así pasaba la mayoría de los fines de semana ingleses, recién estrenados en el colegio, en su casa, con su madre y sus hermanas, Rosa, María y Ana.


Las muchachas eran una especie alienígena, mujeres jóvenes, algo de lo que mi familia carecía, y su madre era amable, cariñosa, deliciosamente despistada y progresista a su manera en aquellos años de plomo. Era como un refugio de montaña en plena nevisca y ahora, cincuenta años más tarde, entiendo que a la mía se la llevaran los demonios y que me exigiera una noche que salieran juntas las dos parejas, los padres de mi amigo y los míos, algo que a mí me proporcionó un nudo en la garganta cuando se lo trasmití a los padres de Kike, que aceptaron porque no podían hacer otra cosa.


La madre de Kike, -nunca la llamé por su nombre-, trabucaba todos los nombres, fumaba 1-X-2 y decía “Idme a comprar el Un-Dos-Tres, chicos”, o un día que nos encontró escuchando al grupo America cantar peligrosamente A Horse with no Name, fumando tabaco y apurando unos tragos de jerez de cocinar de su mueble bar, nos preguntó si creíamos que estábamos en Sodoma y Gozorra. Nos hubiera gustado, pero carecíamos entonces de hierba, de acceso a muchachas de nuestra edad o mejor un poco mayores y a una educación sentimental atemporalada en la niebla de nuestra adolescencia.


Yo eché mano de Rosa, la pequeña de las tres hermanas de mi amigo, en su primer año de carrera, que nos hablaba de los grises y nos contaba el chiste de la diferencia entre el policía y su caballo, mientras su novio, un progre de trenka y barba que fumaba Ducados, rasgueaba la guitarra, Gallo Rojo, Gallo Negro y otras mandangas por el estilo. Me importaba un bledo su novio, ni siquiera lo miraba, yo solo quería tener alguien a quien querer y si entonces los tatuajes no hubieran sido un emblema basto de marineros holandeses y presos bordes de Carabanchel, me hubiera tatuado su nombre en el antebrazo, bajo el ancla que, imaginaba, iba a alumbrar permanentemente mi vida de adolescente errante y casi siempre en tierra.


Se lo dije a Kike y casi se muere de risa. Tuve que amenazarle con partirle la cara, yo era dos cuartas más alto aunque del mismo peso, si se atrevía a decirlo en familia, a su hermana, y por supuesto a su madre. Aunque años más tarde entendí algunas miradas levemente sardónicas de Rosa y mucho más tiernas de la madre que me destinaban en alguna comida compartida cuando conseguía quedarme a comer en su casa, algo que mi madre aborrecía pero que no sabía cómo impedir.


En el cuarto de Kike, que compartía con una hermano algo crápula, Pepe, que tenía un 600 preparado como decíamos entonces y una novia espectacular además de simpática, entraba a veces la madre y nos hablaba de lo que se le venía a la cabeza antes de rogarnos que bajáramos a por tabaco y compráramos de paso en el bar cercano unas patatas bravas excepcionales de las que nos habíamos hecho adictos.


Bajábamos una fuentecilla de vidrio, comprábamos en la máquina el 1-X-2, echábamos unos flipper, un duro dos partidas, y volvíamos para verla fumar esos cigarrillos letales con voluptuosidad y elegancia como las actrices de Hollywood. En una de aquellas tardes nos comentó que esa semana ponían en la tele Crimen Perfecto, una de sus películas preferidas, de Hitchcok, con una Grace Kelly a la que se parecía veinte años más tarde y con seis hijos paridos.


─ No podré verla, mi madre no me deja ver películas de dos rombos.
─ Pero si es de lo más ingenua. No creo que la califiquen de mayores, ¡Qué tontería!
─ Hasta que cumplí los catorce ni siquiera podía ver las de un rombo.
─ Pero, hombre si las de un rombo son casi para los dibujos animados, ─dijo soltando el humo que le trepaba hasta los rizos─. Ya sé lo que haremos. Llamo a tu madre y le digo que te quedas a dormir en casa, que tenéis un trabajo que terminar. De religión, así seguro que no me pone pegas. La película os va a encantar. Recuerdo la escena de Grace Kelly volviendo a casa, a punto de ser ejecutada y cómo miraba a los ojos a su marido que era…
─ ¡Mamá! No nos la revientes ─cortó Kike mirándola con una intensidad de la que todavía hoy me confieso celoso.


Reconozco que a veces se jactaba  de sus hermanas, de su madre, del crápula de Pepe, de su padre, ingeniero aeronáutico de Iberia que ya entonces llevaba barba, y a mí no me quedaba de otra que agachar la mirada sin tener casi nada de lo que alardear. Apenas un hermano estudiante de piloto, que me pelaba poco por la diferencia de edad, once años, es decir, que no me hacía mucho caso, como más tarde aprendí que decían en México, y la pasión de mi madre por los animales, un loro, dos monos, dos gatas, y un perro gordo, tonto, mestizo y cariñoso hasta la náusea.

Todavía hoy siento un regomello en el estómago cuando veo a Grace mirar a su marido con ojos incrédulos, tras entrar en el apartamento con el policía con cara de bueno, horas antes de su ejecución.
La madre de Kike se avino sin problemas a prestarnos su casa para nuestras reuniones con el cura colega del colegio, Jesús Bringas, ex futbolista del Real Madrid, guitarrero, moderno, bastante buen cantante aunque con boqueras y  halitosis, que había transformado su aula de religión de quinto de bachillerato en un “laboratorio para la educación en la fe”, con proyector de filminas, biblioteca, pizarra adhesiva blanca y otros artilugios que ponían a prueba precisamente la fe de unos muchachos que estaban deseando abandonarla, aunque fuera momentáneamente, para ceder a las tentaciones de la carne y las revistas porno, cotizadísimas en aquel entonces.


Ya despuntábamos algunos que nos reclamábamos agnóstico o ateos, sin distinguir muy bien entre una cosa y otra. Todo colegio que se preciara, -y El Pilar se preciaba entonces, con curas incrustados en el Pozo del Tío Raimundo y marianistas que defendían la carrera espacial soviética frente a la yanqui-, contaba con algunos de aquellos curas colegas, que nos atraían a la vez que nos repelían. No eran como el padre Agapito, subdirector de mayores, que nos metía caramelos en los bolsillos para tocarnos el miembro y del que todo nos reíamos gritando “Culo contra la pared que viene el Padre Agaputo”. Otros tiempos, menos blandengues y más divertidos que los de ahora.


Aquellos eran colegas, sudaban en misa, cantaban himnos con voz de barítono, y a veces tocaban la guitarra en la propia misa, “Como el ciervo que a la fuente…” y otros himnos;  jugaban bien al fútbol quizá también al tenis, se acercaban demasiado cuando nos hablaban mientras se sacudían la caspa del traje gris arratonado y montaban charlas extravagantes en esas aulas creadas como laboratorios. Ni siquiera le respetaban sus iguales, el padre Antonio, por ejemplo, cura y no marianista, vasco, nacionalista, defensor de los encausados en el proceso de Burgos, que me enseñaba pesetas de la República, de enormes orejas y nariz prodigiosa que sin embargo, no jugaba nada bien al frontón, pero me sonreía cómplice cuando se enteró que alguien había puesto Gora ETA en la pizarra. Nunca le confesé que había sido yo y lo había hecho entre otras cosas por agradarle.


El padre Bringas se avino con placer a reunirse con nosotros en casa de Kike los viernes por la tarde, porque le ofrecimos como gancho nuestras dudas de fe, una merienda de la que picoteaba con ganas reprimidas y una madre que de vez en cuando entraba a plantear alguna duda, esta vez sí, sincera. Del grupo, Kike, Galiana, Malo, Córdoba –solo los íntimos nos llamábamos por el nombre de pila-, únicamente yo me reconocía descreído del todo. ¡Cómo no iba a serlo si mis padres eran unos auténticos cenizos, él productor de Molokai y más tarde editor de una colección de fascículos que buceaban con morbosidad sobre la Pasión y Muerte de Cristo, y ella franquista por mucho que una amiga francesa que trabajaba en su embajada le hubiera descubierto el Segundo Sexo de la Beauvoir.

Mi madre empezó desde entonces a reivindicarse feminista, a mirar a mi padre con algo de supremacismo de género, aunque afirmaba que era una ideología para gente bien formada, con criterio y responsabilidad, de las que  sostenían el Régimen, aunque acudiera a las charlas casposas de los Satrústegui en las reuniones de Politeia, más que por otra cosa, por lucir palmito con la aristocracia.

El cura tiraba de sus mejores recursos dialécticos, con un cleriman impoluto y un alzacuellos tirante, y nos hablaba de lo que creía más importante, la luz de la revelación. Nosotros aguantábamos la charla con alguno del grupo sinceramente atraído a pesar del sopor que nos producía la semana de clases pero con Kike y yo bailándonos en la mirada una sonrisa, mi amigo  devorando los croissant de Mallorca a puñados y yo esperando a ver si Rosa se dejaba ver por el pasillo sin el pesado del progre de su novio, cantante como el cura,  que además parecía recién egresado de la facultad de Fenomenología del Espíritu en, pongamos, la universidad de Lovaina.


Al cura Bringas le perdimos del todo el respeto un día que se quedó mirando a Rosa con cara de perro hambriento. Yo me puse furioso pero Kike prefirió que le hiciéramos unas coplas que luego se hicieron famosas en su Laboratorio de Educación en la Fe:
Show de Bringas va a empezar,
vamos todo a follar,
un polvo más no importará.
¿Existe Dios?
No,
¿Existe Dios?
No,
¿Existe Dios?
No, No, Nooooo
La luz de la revelación nos importa un cojón
Viva la masturbación.

 


Sacamos quinto por los pelos y en septiembre. Pasamos juntos parte del verano en El Escorial y luego yo en Dublín para aprender inglés y estudiar química, una asignatura antipática donde solo me interesaba la lección que hablaba de Madame Curie, y que aprobé en tercera convocatoria por cansancio. El profesor de la asignatura era mi entrenador de baloncesto y me había nombrado capitán del equipo. Yo creí que tenía la química aprobada por decreto y el pobre hombre tuvo que operarse de una de esas cosas que no se nombran y pusieron a un sustituto.

Me cambié de colegio por recomendación del claustro que no quería echarme directamente con tal de respetar la tradición y el abolengo familiar, y eso agostó nuestra amistad y mi relación con la madre de Kike, a la que me encontré muchos años más tarde al otro lado del mostrador de una caseta de la Feria del Libro de Madrid.


Aún tenía pocos años, no me pesaban los recuerdos en el corazón y consideraba que no había mayor emoción que no sentir ninguna, pero escondí como pude mi turbación de eterno adolescente, le pregunté por Kike pero no por Rosa, y recordé con ella antes de que llegara su marido al cercano y pringoso chiringuito que lucía el cartel de La Guerra de las Tortillas, la escena de Grace Kelly en Crimen Perfecto, la película que desde entonces siempre me cosquillea la nuca, sentado una noche a la mesa de los Mañeru, mirando a Rosa por el rabillo del ojo.

© alfonso, marzo de 2018

Ecologismo, por compasión

Circo Europa en Carboneras


Cemento, carbón, puntos limpios y animales, animales

El circo Europa ha llegado a Carboneras, un pueblo pegado al parque natural de Cabo de Gata, en Almería, que alberga una de las mayores centrales eléctricas de carbón de Endesa de la Península, -carbón chino, ojo-,  una cementera, una desaladora y una planta de tratamiento (sic) de aceite.

 

Es noviembre, un mes ambiguo donde la mayoría de sus habitantes toma vacaciones tras el desfonde de los meses de verano cuando los turistas, la mayoría madrileños, catalanes de primera generación y franceses meridionales, pueblan sin mucha presión bares, playas, hoteles y pensiones, al calor de una inclemente campaña sobre la Playa de los Muertos, publicitada hasta la nausea por tierra mar y aire, como una de las mejores de España y resto de Europa.

 

No es más que una exageración de becarios sin mucho que echarse al portátil en épocas de verano, pero ciertamente la playa es hermosa, sobre todo si no tuviera un aparcamiento de cientos de coches en su cúspide, si no te achicharraras los sesos al subir a la hora de la comida, si no te fundieran con las canciones de Bisbal, ese almeriense ilustre, desde el camión de refrescos de la explanada del aparcamiento, y no planeara sobre los bañistas una torre vigía donde se ha filmado Juego de Truños, una serie de pertinaz sequía intelectual.

 

El circo llega calladamente, con apenas unos camiones, sin coche con altavoces que pregone, al contrario que el tapicero, sus delicias por las callejuelas angostas del casco viejísimo; con humildad trapense y la mirada sin futuro de los que hemos cumplido ya los sesenta años. Solo su cartelería, pegada con celo del malo en las farolas de la calle Sorbas y arrancada por los miembros más conspicuos del botellón del viernes, da fe de su oferta y de los precios moderados, -casi todo a diez euros, todos los niños pagan-, y prometen animales imposibles, jurásicos remendados, dinosaurios, velociraptors y otras criaturas feroces pero menos, y las atracciones habituales del medio, payasos, equlibristas, cantadores de flamenco light, imitadores, benditos sean, de Chikito de la Calzada. Se instalan en un predio cerca de las Malvinas, el barrio gitano del pueblo, no muy limpio, no muy llano, no muy céntrico.

 

Hace unos meses los ecologistas interrumpieron su función para boicotear la presencia de los animales del espectáculo: dos leones de cuatro años, Simba y Mufasa, un poni, Furia, un búfalo Yimi y una llama, Marrón.  La presión continuada sobre unos animales que consideraban de la familia, con todos los papeles en regla, incluido el de zoo ambulante, llevó a la familia Bassy, quinta generación circense, a donarlos a la fundación Primadomus y renunciar a su exhibición en un espectáculo que da sus últimas bocanadas analógicas entre los pueblos ejemplares de Andalucía.

 

«Esto para toda la familia ha sido un golpe muy duro y nos sentimos como si hubiera muerto alguien cercano. Mi mujer y mis hijos no han dejado de llorar todo el día. Sienten un gran vacío como yo. Pero sabemos que en Primadomus todos nuestros animales van a estar muy bien y eso es lo más importante. Nosotros, a partir de ahora, tenemos que hacer los espectáculos sin animales porque todos los ayuntamientos nos lo prohíben, así que tenemos que sacarlos de las funciones», ha declarado a la prensa local Fernando Elys, probablemente el último gestor del circo Europa. «Esa fama que nos han querido dar no es real ni justa porque jamás hemos maltratado a nuestros animales. Es más, si el dinero escaseaba primero comían los animales y luego nosotros. Es algo que mi abuelo inculcó a mi padre y mi padre a mí, aunque yo ya no podré hacerlo a mis hijos porque ellos no disfrutarán de los animales como lo hemos hecho cuatro generaciones».

 

Ayer llamé al ayuntamiento de Carboneras para pedir información sobre el Punto Limpio inaugurado según La Voz de Almería de fecha 31 de agosto de 2016 y que ya figura en la relación de puntos limpios que publica la Junta de Andalucía, para entregar unos restos de pintura ya deteriorada. No existe tal cosa, (250.000 euros de inversión en la nada) ni en el improbable pago del Rellano de la Torvisca ni en ningún otro lugar, según la información facilitada por el ayuntamiento carbonero, nunca mejor dicho.

 

El ayuntamiento en pleno inaugura la nada

 

Mientras, Endesa, la madre de todos los coches eléctricos alimentados por carbón chino, el de peor calidad y el más contaminante, sigue vertiendo, junto con la cementera, sus gases venenosos al aire del parque natural Cabo de Gata. No importa, dicen los munícipes del lugar, el viento se los lleva siempre hacia Mojácar.

 

Esta noche iré a ver el espectáculo del Circo Europa para abrir desmesuradamente los ojos con los animales jurásicos que promete su cartel.

Luego me echaré unos gin tonics a la salud de Simba, Mufasa, Furia, Yimi y Marron olvidando al coleto ese ecologismo  de baja intensidad que nos promete coches eléctricos de carbón chino mientras acosa los cinco animales del Circo Europa al mismo tiempo que los trece millones de mascotas españolas se tuestan al sol de la Playa de los Muertos, que en paz descansen. O de cualquier otra, a beneficio de los huérfanos, los huérfanos, y de los pobres de la capital, Moncho Alpuente dixit.

Y del Algarrobico… mejor ni hablamos

Carboneras, 13 de noviembre de 2017

 

Agapito, un proletario de libro

Me Ti, el libro de las mutaciones
Le conocí en la facultad de sociología, poco antes de que se muriera en su cama el cocodrilo que gobernaba el país desde hacía 40 años. Se acercó a venderme una mercancía peligrosa que entonces circulaba por el bar, mucho antes que el caballo se convirtiera en el lubricante de la vida de los universitarios de la siguiente generación, teñidos de anarquistas de baja intensidad. Me ofrecía libros, la mayoría prohibidos, que le fiaba Jesús de la bien surtida trastienda de la librería Fuentetaja. 

Le compré un par y encargué otros dos, creo recordar que La muerte de la familia de Laing y El Me-Ti de Bertold Brecht, un opúsculo estalinista de grueso calibre que disparaba contra Trosky antes de que el georgiano le asesinara, fruto de la envidia que le profesaba por haber compartido cama con Frida Kahlo. 

El de Laing confirmó mis sentimientos más oscuros sobre mi entorno familiar y me prestó ánimos para montar en mi Vespa una noche de invierno en que arrancarla era una proeza casi igual que emprender un camino hasta hoy sin rumbo y sin retorno, lo que ahora consideraríamos una auténtica barbaridad a los veinte años.

Ambos íbamos al turno de noche por razones de trabajo, yo por querer encontrar alguno que me permitiera salir de la casa de mis padres, a la sazón una especie de Treblinka gobernado por un kapo femenino de poco pecho y carácter volcánico en versión pasiega, devota del queso Jacinto y de los cursos gratuitos de sabiduría burguesa que organizaba la mujer de Joaquín Satrústegui, una aristócrata donostiarra que jugaba a la ruleta rusa liberal monárquica con chaleco antibalas, y él porque andaba a salto de mata en casa de su madre.

Se trataba de un sexto piso en la calle Atocha sin ascensor ni calentador de agua, como pude enterarme más tarde, donde vivía con la viuda de un ex capitán del Quinto Regimiento que acabó vendiendo prensa de forma ambulante por los hoteles que rodeaban la cercana estación de Atocha tras haber pasado varios lustros en la cárcel y esquivar una pena de muerte. Jamás llegaron a darle un kiosco a pesar de una enfermedad pulmonar que acabó tempranamente con su vida de rojo sentimental y fumador empedernido.

Empezamos a intimar en virtud de nuestro amor común por los libros que quizá nos viniera fruto de la genética, él por su padre lector compulsivo y vendedor a su pesar de la prensa del Movimiento y afines, -todos entonces eran afines, sobre todo el cercano a su piso de portera, el diario Pueblo-, y yo por las veleidades de mi padre como editor de Fray Justo Pérez de Urbel en comandita con su socio Alberto Vasallo de Mumbert, un fascista de pelo en pecho e hirsuto que salía de su camisa abierta, radicado en Piedralaves, donde llegó a entrenar un fantasmal ejército de liberación portugués tras el golpe de los capitanes de Abril. La editorial y su magna obra La tijera literaria, tenía la oficina en un local subterráneo de la Gran Vía que albergaba los excusados más célebres de la capital, frecuentados por homosexuales sórdidos, ajados y deslucidos, perseguidos con saña y cierto morbosa adicción por el Régimen del brazo incorrupto. Alguna vez que saqué unas perras corrigiendo galeradas, mi padre me advirtió de que fuera con ojo si bajaba a los servicios o me fuera a la cercana cafetería Manila, que ya se encargaba él de pagarme la consumición.

Años más tarde y siempre con el dinero de su esposa, compartido cristianamente en razón del matrimonio en régimen de estrictas gananciales, llegó a editar su obra cumbre, Pasión y muerte de Jesucristo, que pretendía vender por fascículos a todas las parroquias de España en virtud de su antigua militancia en Acción Católica desde antes de la guerra, tal y como había hecho con Molokai, película en la que había participado como productor consorte. Los tiempos habían cambiado sin que él se diera cuenta, abrasado por otras pasiones repartidas entre Garabandal y El Escorial y la empresa fue un absoluto fiasco que no consiguió ni siquiera saldar al papelote y eso que estaba impresa en un cuché de muchos gramos. Ahí su señora dijo basta, disolvió la sociedad de gananciales, le retiró la firma de todas sus cuentas y la titularidad de sus pocos bienes y pasó a entregarle una paga semanal con la que se compraba todos los periódicos del domingo, el único vicio que tuvo toda su vida, si no consideramos como tal el haberse casado con una señorita muy acaudalada de Santander, hija de una familia pasiega que todo el mundo tenía por loca y por rica desde hacía generaciones.

Agapito al conocer los detalles menos escabrosos de esa historia previamente espurgada por mi, me propuso que montáramos un puesto de libros en el Rastro. Miguel, el dueño de una distribuidora que entonces  se llamaba Visor y tenía el almacén en el barrio de Tetuán, nos dejaría los libros en depósito y entonces bastaba hacerse un hueco en la plaza del Campillo del Pueblo Nuevo,  abajo a la derecha de Ribera de Curtidores, donde sentaban sus reales los libreros de más o menos lance, incluido un ex capitán de las SS que vendía las obras completas de Leon Degrelle y del que se decía que llevaba siempre una Luger bien alojada en la sobaquera.

Allí vendíamos todos los domingos por la mañana obras de estricta vanguardia, Bachelard, Sartre, Beauvoir, Brecht… pero nuestro mayor best sellerfue El Manifiesto Comunista, una vez autorizado, en edición de Ayuso, a 25 pesetas el ejemplar, 22 con el debido descuento. El día de la legalización del PCE llegamos a vender cerca de 200 ejemplares. Recibimos la visita de los Guerrilleros de Cristo Rey de la que nos defendimos aceptablemente con los hierros de nuestro puesto una vez desmontado de una patada y con la ayuda solidaria de unos jóvenes cenetistas que vendía muchísimos menos libros que nosotros pero que nos sonreían sin rencor a pesar de las miradas de suficiencia marxista leninista de Agapito, que por entonces rondaba la OPI, uno de los primeros grupúsculos escindidos del PCE y que juzgaba a Beria como un pequeño burgués pequeño de clase media baja con las rodillas inthe guanter, significara eso cualquier cosa que pudiera significar.

El Manifiesto ComunistaUnos meses más tarde su líder, Carlos Tuya, condujo a un puñado de esforzados militantes hacia un nuevo partido, el mero mero, el definitivo, el Partido Comunista de los Trabajadores,cuyo símbolo era un clavel en homenaje a la Revolución de Abril recién acaecida en el país vecino. Le recuerdo en Malasaña, junto a otro de los cuadros descollantes del partido, un trabajador, -es un decir-, de Alianza Editorial que hacía de corredor de comercio de su fondo, asomados desde un garito de la plaza con sendos cubatas tibios en vaso de tubo, perorando sin reparos y criticando de manera contundente la novedosa y reaccionaria costumbre de fumar porros que empezaba a practicar la juventud y que les alienaba a la vez que les pervertía y alejaba de la auténtica revolución de la clase obrera más heroica y sudorosa.

Años más tarde, ya con su verdadero nombre, Carlos Delgado, seguía predicando sobre las inequívocas ventajas del alcohol sobre las drogas blandas y escapistas desde las páginas de El Paísdedicadas al vino desde la perspectiva más epicúrea. Pero no creo que llegara a ver Platoon ni que se identificara con Tom Berenguer, una película tildada todavía entonces de desviacionista, a cargo de Oliver Stone, al que sin duda los adictos de su garito tenían como agente de la CIA.

A los pocos meses Agapito y yo decidimos compartir piso, una infravivienda que yo había encontrado en Argüelles, frente al piso de mi hermano que me cobijaba desde que una noche pegara un portazo en casa de mis padres, para alborozo de la irresponsable (sic) de mis días. Se trataba de un  quinto, esta vez con un ascensor aunque homicida, muy bien distribuido en dos habitaciones, vestíbulo enano, cocina diminuta y cuarto de baño en que había que ducharse de costado. Era tan recoleto que llegamos a convivir hasta cuatro personas cuando se sumaron al disparate nuestras respectivas parejas.

Pero hasta ese momento vivimos dichosos Agapito y yo, rodeados de libros robados en librerías que sospecho hacían la vista gorda con nuestros desmanes de jovenzuelos, como Robinson, en la calle Fernando el Católico, donde su dueña tenía fama de ninfómana y letraherida a la vez, un binomio que sospecho sigue operativo, y sobrantes de nuestro tenderete en el Rastro, atracándonos de hígado de cerdo a 11 pesetas el kilo y arroz blanco en el que mi amigo intentaba, sin conseguirlo por supuesto, mojar pan en el caldillo blancuzco del arroz partido que nos dejaba Donato, nuestro ultramarinista de guardia, a precio ridículo. De ese hígado para perros estoicos del barrio Salamanca debe venir el colesterol que me afea mi médico de cabecera en el ambulatorio neo socialdemócrata de mi barrio.

En la facultad humeaban los grises, proliferaban los profesores vanguardistas alumnos de Gualtari, Althusser, Lacan y Deleuze y otros que iban a hacer historia como Leguina, al que tuve el honor de llamar fascista muchos años antes de que se convirtiera en tal, y bebíamos sin reparos y sin tasa alcoholes equívocos y botellines de Águila que luego le dejábamos a Fraga en su mesa, que llegó a estampar contra una pared ante nuestro regocijo.

La banda de amigos maoístas, “carrillos”, banderas blancas y luego rojas, una frapera una, ácratas de excelente humor, un demócrata cristiano de izquierdas al que se lo perdonábamos por su gracejo contando chistes machistas subidísimos de tono y algunos estudiantes más, llegamos a la conclusión de que Agapito era un diminutivo que nuestro amigo, ese héroe de la clase obrera, el primero que conocíamos, no merecía, y comenzamos a llamarle sin sorna ni mala intención Agapo. No parecía molestarle y lo recibió como nombre de guerra, uno tan torpe como llamar “Tarta” a un amigo y camarada mío troskista que era tartamudo, o la “Negra” a una muchacha de Almería que parecía recién llegada de Senegal y que mostraba las palmas de las manos, blanquísimas por contraste del negro de su reverso, para certificar su africanismo y reivindicar de paso y sin tasa a Frantz Fanon y la lucha armada en el barrio de La Chanca.

Frantz Fanon

Ese verano comprobamos que la gomaespuma de nuestro amigo el colchonero del Rastro era lo más parecido a las tibias arenas podridas de cualquier pantano malsano cuando en la semibuhardilla no bajaba de los 32º en lo más denso de la noche madrileña; que se podía vivir sin televisión, entonces con apenas dos canales, un invento diabólico al que nunca podríamos imaginar el grado de abyección al que iba a llegar más tarde; que el sofá era un somier viejo con un saco de arpillera como respaldo que te dejaba la espalda en carne viva, y que nos íbamos a convertir en adictos del Topics, un self service de la plaza de los Cubos, donde salíamos indefectiblemente con toda la vajilla utilizada en el parco condumio metida en la mochila.

Seguimos vendiendo libros, yo me hice profesor de inglés en uno de esas academias donde su éxito radicaba en su fracaso eterno en enseñar el idioma y Agapito empezó a prestar sus servicios en una editorial como corredor en plaza, ya dado de alta en la Seguridad Social. El remedo de apartamento no daba más de sí para sus cuatro habitantes y separamos nuestros caminos sin discutir sobre la nevera que habíamos comprado en doce plazos de 1000 pesetas cada uno, devolvimos a su hermana la Jata de un kilo donde lavábamos la ropa interior, repartimos los libros y yo me quedé la infravivienda de Argüelles, y Agapo y su novia se volvieron a su barrio de Atocha a seguir siendo felices, casi ingenuos y librodependientes.
Muchos años más tarde me lo encontré en la plaza de Ópera. Tuve que hacer un esfuerzo para forzarle a que me reconociera y me prestó un perfil agrio y desganado. No quiso saber apenas nada de su antiguo compañero de piso ni de aquellos tiempos que a mí me parecían bohemios y a él quizá sórdidos, cogió de mala manera la tarjeta que le tendía mientras le invitaba a compartir unas copas y cierta melancolía cualquier tarde de ese otoño lloviznoso, hizo un escorzo digno del mejor delantero centro y desapareció en las escaleras del Metro de la plaza.

No le he vuelto a ver, los libros nos han abandonado, reliquias de un tiempo mutado como el libro de Brecht, igual que un naufragio en agua de nadie, aunque los recuerdos siguen conspirando a nuestras espaldas como en un cuento de Conrad.

© alfonso ormaetxea, agosto de 2017

Begotxu, la Fittipaldi

Bego en Biblo
Bego vivía en una buhardilla destartalada camino del barrio de la Palanca en Bilbao, en un quinto sin ascensor. 
Si cuando visitabas la ciudad  te tocaba en el reparto dormir en su casa, empezabas a temer la subida al tercer gintonic y ya no sabías si quedarte de gaupasa toda la noche si el cuerpo aguantaba, o emprender la escalada antes de que el alcohol y la melancolía te trabaran las piernas y el alma nada más meter la llave en una cerradura vieja que fallaba más que una escopeta de feria.
A esas horas Bego ya dormía, fuera día de labor o fin de semana, porque era totalmente abstemia y eso, en Bilbao, a pesar de los zuritos de Kas Manzana que llegaron a ponerse de moda, era un inconveniente serio para salir de vinos con la cuadrilla. Los de fuera la mirábamos con sorna en las primeras rondas y luego con solidaridad y cierta envidia en las penúltimas, en las eternas “espuelas” que seguían hasta las primeras luces del alba que apenas iluminaban tísicamente una ría que entonces olía a muerto y te amenazaba adusta con sus aguas ponzoñosas. Algunos recordaban con asco infinito una carga particularmente salvaje de la policía que obligó a varios a tirarse, de grado o por fuerza, a sus truculentas aguas.
La hermana gemela, gemela hasta la nausea afirmaba su marido, tampoco bebía, claro, pero era capaz de aguantar charlando con las mozas de la cuadrilla todas las horas que fueran menester, mientras que Patxi, que entraba temprano en la fábrica y los sábados acumulaba déficit de sueño, se retiraba en cuanto podía hacerle una finta al grupo de borrachos y parlanchines con un regate digno de Rojo, el mejor extremo izquierdo que había dado el Athletic, lo que equivalía a decir el mundo.
Bego tenía un sentido de la hospitalidad genuinamente bilbaíno. Te daba las llaves de su casa y de su coche y te ponía a disposición su nevera, permanentemente vacía, donde no vegetaba ni el medio limón que todos teníamos momificado en nuestros refrigeradores. Era una época en que sosteníamos que tener más comida que cerveza en el aparato era señal inequívoca de haber llegado a una madurez pequeño burguesa y vergonzosa. Pero ella solía tener media botella de patxarán casero por pura reivindicación del pueblo navarro donde había nacido, al pie de la sierra de Aralar, y algunos, aunque solo fuera para contemplar el milagro de su eterna regeneración, éramos capaces de matar la resaca con ese brebaje al levantarnos preguntándonos dónde demonios estábamos. La botella, sorprendentemente, siempre estaba a medias, y le hacíamos bromas sobre la tacañería de su familia: “pues ya saben que no bebo, bobo. Para qué malgastar una entera”, contestaba.
Su buen carácter podría acogerte entre las sábanas de su propia cama a altas horas de la madrugada si la despertabas al subir y no tenías ganas de buscar las sábanas y tenderlas sobre un catre de campaña que hacía las veces de sofá en el saloncito. No tenías más que decir bajito: “¿Bego, Begotxu, puedo meterme en tu cama esta noche?” y sin mediar palabra ni abrir un ojo, levantaba una espantosa manta marroquí que le hacía las veces de cobertor junto con la sábana y te hacía un sitio, no sin advertir en susurros que sin roncabas te ibas directo al sofá con o sin sábanas. 
No conocí a nadie que pretendiera aprovecharse de la situación y del roce porque Begotxu estaba perdidamente enamorada, -como solo son capaces de estar las mujeres- de Jon, con ese destino teñido de aciago que tienen los amores sin remedio. Se trataba de un montañero enamorado de los montes de todo el mundo, especialmente de los de Venus, que había andado de trekking por tres continentes, de guía al menos por dos y que había escalado varios ochomiles para fumarse algún porro a una altitud decididamente asesina. 
En una de esas escaladas tuvo un serio percance que nunca contaba porque le supuso la pérdida de un compañero de ascensión y tuvieron que amputarle medio pie. Prácticamente no se le notaba al andar y aprovechaba el hueco que el pie fantasma dejaba en la zapatilla para traer a casa todo tipo de sustancias estupefacientes en una época en que los controles eran más ingenuos que los actuales. A una de sus novias de viaje le sonó el aparato que una gendarme le pasó por todo el cuerpo al detectar la bola de hachís envuelta en papel de aluminio que llevaba en el sujetador, y le bastó con afirmar con que era el marcapasos para que la dejaran pasar la aduana con una sonrisa de genuina conmiseración. 
Jon subía algunas noches a dormir en la cama de Bego y se quedaba incluso algunos días haciendo de novio formal, pero no conseguía aguantar más de media semana antes de volver a su apartamento de los jardines de Albia que había heredado de su familia pija de apellido insigne, donde vivía el menor tiempo posible. Tenía el encanto canalla que reviste a los guías de viaje de las agencias alternativas y que a algunas mujeres, sin que nadie sepa por qué, les resulta irresistible en sus viajes veraniegos de riesgo controlado y amores liofilizados que duraban a lo sumo 15 días, 14 noches, y luego cada mochuelo a su olivo. Y como él decía, “a nadie le amarga un dulce”. 
Algunas de sus expediciones acababan mal en lo que su jefe llamaba “dinámica de grupo” porque a veces eran más de una la que quería naufragar en sus ojos de montañero, lo que solía llevar aparejada cierta tensión en el grupo, sobre todo entre las feministas más conspicuas a las que Jon ponía su mejor mirada de desamparo y orfandad. Sin llegar, eso sí,  al caso de otro guía de la casa que estuvo a punto de desatar en la OMS una alarma de infección venérea en un país africano al contagiar a dos chicas del grupo que tuvieron que acudir a un hospitalito local de Médicos sin Fronteras aquejadas de unas purgaciones que el guía conductor llevaba arrastrando varios meses.
Bego sufría los reveses y los sinsabores de su amor insensato con la cabezonería y la tozudez de su origen navarro. Sufría, pero sufría menos por su abstinencia del alcohol, que es lo que a los hombres nos hace decir las mayores estupideces y cometer los mayores desatinos sin merma aparente de nuestra integridad moral y autoestima personal en base a la eximente del whiskey de garrafón o de Segovia, que viene a ser lo mismo. 
Alguna vez se llegó a sincerar conmigo parapetada tras su Kas Manzana en plena Barrenkalle, a la puerta del K2, donde siempre pedíamos los gintonics de dos en dos: “a mí me basta con que me quiera. Aunque me quiera con esa manera tan albardada que tenéis los hombres de querer poco a la gente que os quiere tanto”, se mentía ella misma. Y a mí todo se me hacía distante, lejano y pesaroso, debido quizá a las impostadas risotadas de los borrachos de mala amanecida.
Y no me atrevía a replicarle que no entendía lo albardado del querer, que solo conocía que se albardaran los mejillones tigre, para luego responderle con tópicos medio inventados que me sacaba de las boleros más espinados de José Alfredo Jiménez.

Nunca vi llorar a Bego, nunca le escuché un reproche, ni un gesto amargo, a lo sumo su frase favorita entre traguito y traguito del Kas Manzana: “Ya le vale, ya le vale”. 

Una vez, ella, que a veces me había abrazado inocente en lo más profundo del sueño, una noche en que me había refugiado en su cama, consintió en que se le humedecieran los ojos y transigió en recostar la cabeza sobre mi pecho, treinta centímetros por debajo de mis ojos, mientras yo hacía un gesto de complicidad obscena, que ahora me reprocho con inútil arrepentimiento, a un miembro de su cuadrilla al borde del coma etílico.
El cuatrolatas que aparcaba siempre al pie de su casa y cuyas puertas no cerraban era la tabla de flotación, el chaleco salvavidas de muchos de los personajes que arrastraban su vida en el barrio, pero nunca le desapareció nada del interior, ni recibió un arañazo, ni le faltaron los espejos retrovisores, ni sufrieron quebranto alguno las numerosas pegatinas antinucleares, Nuklearra Ez Eskerrik Asko, ecologistas, veganas y de defensa de los animales más desfavorecidos de la fauna mundial que adornaban el desvencijado portón del coche de Bego. Todo lo más, tenías que tener suerte si lo cogías para ir a Sopelana en verano, por si alguno se había aliviado sobre una rueda de madrugada, mirando a un cielo del todo inexistente, y el calor de julio del Botxo te colaba por la ventanilla el olor ácido y punzante de los peores alcoholes del barrio.
Luego se compró un Dyane 6 color quién sabe de segunda mano, para enfado de su nutrida cuadrilla de amigos y su hermana gemela, que sostenían con razón que el Dyane era el coche más feo que se había inventado y que las calles de la elegante ciudad de la ría no se merecían albergar semejante engendro. El colmo sería pasarlo por el puente colgante de Portugalete. Era en lo único que discrepaba con su doble, además, claro, de sus amores no correspondidos con el montañero errante, – que Tere llevaba fatal refugiada en su marido más fiable que un farero-, el único que subía los cinco pisos con pie y medio y te sacaba tres de ventaja.
Además Bego conducía muy bien. No solamente prescindía en su condición de mujer de la agresividad del macho alfa en pleno ataque de celo al contemplarse en el retrovisor de otro energúmeno, sino que su condición de abstemia radical le permitía una ventaja estratégica en los controles de la Guardia Civil primero, y en los de la Ertzaintza después. 
Eso le valía invitaciones constantes a salir de noche, sobre todo en las fiestas de los numerosos pueblos de la provincia. Si no le apetecía, a su interlocutor le bastaba con nombrar que Jon estaría en la farra. Era una contraseña infalible. Luego, si este no llegaba, podría alegar que otro compromiso le había impedido acudir o que no le habían encontrado en su casa, o que andaba perdido quién sabe dónde, porque Jon nunca llegó a tener móvil. 
Eso sí, solían rogarle que no llevara el Citroën, que era un mamotreto feo y achaparrado, peligrosamente inseguro a la hora de negociar las curvas más retorcidas de la costa bizkaitarra. Y ella seguía esgrimiendo su frase favorita: “Sí, ya te vale”.
Al principio Bego se rebelaba contra las prevenciones, del todo falsas, que esgrimían contra el Dyane. Luego acabó entendiendo que si iba en el coche del amigo o amiga no podía volverse antes de que acabara la parranda. Y ella tenía buena anochecida, nadie le esperaba en su buhardilla de alta montaña, las noches de fiesta eran deliciosamente cálidas, siempre sería posible que apareciera Jon aunque estuviera a miles de kilómetros de allí y el sueño no le pesaba en sus párpados de soñadora sonámbula. 
Hace unos meses, un amigo común me dijo que había tenido un accidente volviendo de una fiesta de pueblo y que había muerto en el acto en un coche que compartía con un amigo. Un borracho les había embestido saliéndose en una curva cerca de Elantxobe. Pregunté si su hermana estaba bien y me contestó que no, que la veían paseando de la mano con su marido, con la mirada perdida, y nadie todavía se atrevía a decirle nada. 
─¿Y Jon?, -pregunté.
─Anda haciendo trekking con una agencia que organiza subidas al Kilimanjaro.
─Pues espero que se le revuelva el esqueleto del leopardo. Nunca había subido tan bajo.

©alfonso ormaetxea, marzo de 2016

Molokai, de película franquista a isla paradisíaca

Película franquista isla hawaiana


La antigua leprosería resort de baja intensidad 

Hace más de cincuenta años que el franquismo derramó todo tipo de dádivas, dineros y parabienes de la época en una película que ejemplificaba la vertiente nacional católica del Régimen y que ya entonces hacía reír en sus escenas más “dramáticas” a todos aquellos que no comulgaban brazo en alto.

Hoy, la isla es protagonista en el New York Times Travel y se ha convertido en un paraíso tropical en medio del Pacífico, en el pequeño archipiélago de Hawai, donde no queda ni un solo leproso en su lazareto, hoy Parque Nacional Histórico, y atrae a pocos pero entregados viajeros.

Ya en aquel entonces los prohombres del cine de la dictadura trapicheaban con las subvenciones del Sindicato Nacional del Espectáculo, comprándose a si mismos cientos de entradas para que las “ayudas” no dejaran de afluir mientras estuviera en pantalla en la Gran Vía madrileña, y los pobres acomodadores tuvieran que contener las carcajadas viendo las escenas finales de la película, que hacían llorar al arzobispo Morcillo, entonces prelado madrileño, y a los niños discapacitados por la polio a los que llevaban a ver la cinta, por si acaso el Padre Damián obraba otro de sus milagros, a través esta vez de Javier Escribá,  el patético galán de la posguerra.

La película del Nacional Catolicismo
De Carmen Polo, que asistió al estreno, se dice que se pegó sus buenas cabezadas, pensando quizá en Raphael, ayer su artista favorito, hoy personaje ineludible de las galas de la funérea y “eterna” televisión navideña.

La película Molokai, la isla maldita, contaba la vida del Padre Damián, un belga metido a cura misionero, que acaba en el lazareto de Molokai, atestado de leprosos y finalmente de beatos por mor del cura del país del chocolate. Fue rodada en Alicante y la bahía de Altea y sus productores descubrieron en aquella ocasión la espléndida bahía del pueblecito de pescadores y se dispusieron a llenarla de bloques y torres de apartamentos, que ya entonces podrían haber abochornado al mismísimo Calatrava y sus mecenas valencianos, Rita, el Bigotes y Francisco Camps.

Recibió cuantiosas ayudas, subvenciones y premios gubernamentales y de la iglesia, pero en el Festival de San Sebastián fue mofa y befa de la mayor parte del jurado y asistentes, tal y como me contó años más tarde Luis Gasca, que llegó a presidir el festival y más tarde abriría a expertos y académicos un excelente museo en la ciudad dedicado al cómic y el cine procedente de su colección privada, la colección Gasca Bilduma.
Molokai es una isla volcánica de apenas 400 kilómetros cuadrados y 7000 habitantes, conocida como la “Hawai auténtica”, a unas pocas millas al sur de Honolulú, 15 minutos de vuelo; sólo tiene un hotel y carece de playas espectaculares o atracciones o restaurantes con estrellas, aunque los atardeceres de la playa más occidental merezcan un Oscar.

El antiguo lazareto, Kalaupapa, es ahora Parque Histórico Nacional, donde aún viven algunos supervivientes de una enfermedad que terminó con los antibióticos y no con los rezos y exorcismos de los retorcidos curas católicos, y a cinco minutos de paseo, bien en mula, bien a pie, se levantan unos imponentes acantilados  de más de 600 metros sobre un océano bravo del nombre más mentiroso.

El resto de la isla carece de turistas, surfistas, misioneros y detectives de serie de televisión cinco punto cero. No hay que pensar en ella como el típico resort tropical, pero el sonido del Oukelele al atardecer, los paseos en mula y el melancólico cimbrear de las palmeras cuando levanta el sol, le prestan un especial encanto.

Respecto a la película franquista, seguramente pronto recibirá un homenaje en forma de secuela o precuela, probablemente de la mano de Alex de la Iglesia y no se descarta que el propio Raphael haga de Padre Damián. 

La historia cuando se repite lo hace como farsa, ya lo dijo Marx. Aunque de las dos películas la única que seguiría siendo graciosa sería la antigua. El director entrado en carnes y el melifluo cantante hoy sólo mueven a escarnio.

P.D. El padre del que esto firma fue productor de la película.