La Parker, un aciago regalo

Eva, Taíno y el que suscribe

 

Era uno de esos jóvenes que te cautivan desde el día que los conoces y eso que a mí nunca me han gustado los adolescentes y mucho menos los niños. Y lo que marcó el final de una larga relación fue precisamente su desapego por un regalo que le hice vía su madre: una pluma Parker al acabar su carrera.

Nunca me puso un mal correo para dar acuse de recibo, ni una postal de las analógicas, de esas que tanto siguen gustando a los escandinavos, sobre todo a los alternativos con síndrome de Diógenes, siempre devotos de una austeridad que raya en lo cutre, lo calvinista y lo patológico.

O quizá de cansó de los amigos de su madre.

Conocí a su madre, Eva, en Alemania Occidental, al filo de caerse el muro. Coincidimos en casa de unos alemanes que habían estado en Nicaragua en plena guerra contra el somocismo y luego contra el Imperio, mucho antes de que su presidente, antiguo guerrillero, se convirtiese en el cuñado intelectual del propio Somoza, como tantos otros líderes de la izquierda combatiente, como, por ejemplo, Mugabe en Zimbabwe.

Eva había empezado su eterno viaje a ninguna parte en el Chile de Allende, muy joven, muy ingenua, incluso para una sueca, paradigma del país de la inocencia posfascista. Porque nunca asociamos Suecia al papel siniestro que jugó en la II Guerra Mundial desde una falsa neutralidad y a las brigadas internacionales que mandó a luchar con Hitler, especialmente en la defensa de Berlín, poco antes de su caída.

En Alemania nos producía curiosidad las filas deciudadanos de la RDA llevando colchones y televisores a cuestas para pasar la frontera recién abierta, comprados con la subvención que recibían de sus hermanos occidentales. Berlín entonces era la meca de la modernidad, de los jóvenes que desertaban del servicio militar, de las lesbianas recién amanecidas, del PKK kurdo con sus pintorescas sedes multirraciales en el Kreuzvert, el barrio más alternativo de Europa. Yo estaba durmiendo en una casa ocupada que había gestionado desde Madrid, que era dos veces más grande que la mía y tres veces más cómoda, bien amueblada y confortable; incluso con una lavadora que funcionaba con monedas.

Eva andaba aquel año sin destino y no me refiero al vital, porque ese nunca lo tuvo. Yo la conocía como amiga de mi pareja de entonces. Habían estado ambas varios años en Nicaragua colaborando con el gobierno sandinista, Eva como sueca y traductora de Olof Palme cuando caía por la zona, y las dos habían hecho un bizarro servicio militar de algunas semanas como guardarrayas cerca de la frontera donde ya estaba operando tímidamente la Contra. El que dos internacionalistas fueran admitidas a hacer esa pantomima de servicio militar en el ejército regular nicaragüense hablaba mucho, y bien, de la simpatía y el desmadre de una revolución latina y jovial en sus primeros años.

La sueca, 1,80 cm de altura, cerca de los 100 kilos de peso, con un gran sentido del humor, nos contaba que en las maniobras nocturnas siempre le tocaba ocupar un pozo de tirador donde orinaba, orrinaba decía ella, una camarada de armas. No le quedó más remedio que hacer una autocrítica a la compañera en una de esas asambleas donde se contaban sus miserias, envidias y chascarrillos a modo de ejercicio de célula. Con el tiempo esas sesiones se denominarían meditación o autoayuda.

Eva era capaz de preguntar sin empacho y con un vozarrón vikingo en medio de una película de arte y ensayo, qué significaba follarrr, en medio de las risas del respetable y del siseo de algún intelectual resentido.

Unos años más tarde le caímos por su casa en San Salvador, donde estaba pasando un año como falsa golondrina de la iglesia luterana sueca, colaborando bajo su respetable cobertura con la guerrilla del Frente Farabundo Martí. Claro que tras el asesinato del Obispo Romero, esas coberturas habían perdido su valor y mucho peso específico. Eva creía en dios como yo en que el Athletic ganara alguna vez la Champions League.

Pasamos unos días en su casa sufriendo los cateos del ejército, muy nervioso ante la inminencia de la ofensiva definitiva del Farabundo que iba a dejar la guerra empatada. Aprovechó para mandarnos a dar cobertura internacional a un poblacho donde el ejército se había “levantado” al alcalde borrándole de la faz de la tierra. No he pasado más miedo que cuando una doña se largó un mitin en medio de la llanada en la que se escondían algunas decenas de soldados gubernamentales, sobre lo que sus muchachos les iban a hacer a los desparecedores. Tampoco nunca he tomado un refresco más inmundo y que me supiera tan bien como una Fanta de uva que me alcanzaron los pobladores y que cuidé de librar de los garrotazos al aire que propinaba la rambo filoguerrillera. El caso es que soltaron a las pocas horas al alcalde, yo creo que más por no soportar a la líder y sus filípicas que por la débil protesta que pudiéramos proporcionar los extranjeros allí presentes, también fácilmente desaparecibles.

La sueca andaba en aquellos días embarazada y no dejaba que me acercase a menos de tres metros de ella si llevaba un cigarrillo encendido. Lo había conseguido en Cuba, tras numerosos intentos a manos de Enrique, un negro cubano capaz de dejar preñada a la pirámide de Chichén Itzá si se ponía a tiro. Pero Eva además quería que la quisiera. Y que ejerciera como padre de su hijo. El joven escapaba como podía a sus requiebros a pesar de que le ofrecía salir de la isla, donde no figuraba precisamente como ardiente defensor de los barbudos, y de los regalos sencillos pero constantes a su madre y sus hermanos, que se hacinaban en un estrechísimo departamento bien vigilado por los CDR locales, que no veían con buenos ojos a ninguna extranjera que rondara a los hijos de la invicta revolución.

Llevó su embarazo con toda la naturalidad de una madre soltera sueca al filo de los cuarenta. Advirtió a la comadrona que no se asustase si el niño aparecía negro como el carbón, pero el muchacho salió mestizón, de huesos grandes como su madre, piel lechosa sin lactosa, ojos vivarachos como los de su padre y una sonrisa desarmante que no sabías si achacar a su presunta inocencia escandinava o a la labia de todo cubano a la hora de “resolver”. Le llamó Enrique Taíno. Enrique por su padre, pero daba igual, todos le llamaríamos siempre Taíno y nada más que Taíno, como los indígenas que poblaban la isla antes de que los españoles les mataran de sifilazos, alcohol montuno y trabajo esclavo en la caña.

Se quedó en Suecia viviendo su maternidad, donde todo era más fácil dado el carácter asistencial del gobierno, encantado de que sus ciudadanos procrearan, más si eran de edad avanzada y de padres refugiados o en trance de serlo. No recuerdo por qué razones fueron al norte, cerca del Círculo Polar, donde el cubanito empezó a balbucear sus primeras palabras: “Frío, frío”, parece ser que fueron estas, una mañana en que el coche les dejó tirados en medio de esa tundra a medio civilizar.

Pasaron por Madrid en algunas ocasiones de los muchos viajes que Eva y su hijo, enmadradísimo, emprendían a Latinoamérica, sobre todo a Cuba, para que su padre se moviera a compasión y fuera consciente de sus espermatozoides, pero también a Centroamérica donde colaboraba con distintas ONG’s. En unos de esos viajes contribuyó a la inauguración de un centro dedicado a Pipi Calzaslargas en un descampado torrado por el sol de Managua. Yo me imaginaba a Enrique Taíno tratando de explicar a los nicas coetáneos la rebeldía surrealista de la muchacha y se me saltaban las lágrimas. De risa.

En mi diminuta casa madrileña no cabían en los paradas que hacían antes de cruzar el charco y se quedaban en una pensión cercana donde el niño le explicaba al asturiano recepcionista y dueño del establecimiento en un castellano de piedra, con unas erres monstruosas, que quería “dorrrmir en cama matrrrimonial con su mamá”. Eva juraba que era una costumbre ancestral vikinga. Yo les esperaba en el portal.

Llevaba al niño, entonces de seis años, en un carrito desvencijado desechado por los Traperos de Emaus suecos, de origen marxista leninista, y al muchacho le colgaban los brazos por fuera y si se dormía los arrastraba por la acera tropezando en ocasiones con las deposiciones de las mascotas madrileñas. La sueca se sorprendía de la falta de civismo de los madrileños que entonces juzgaban de locos recoger la mierda de sus perros con una bolsita.

El gran problema de la madre era ducharse sin arrastrar a Taíno con ella. No la dejaba ni a sol ni a sombra. Cuando luego empezaron a proliferar los móviles, la madre tenía que esconderse a hablar porque el niño rompía a llorar hasta que colgaba el aparato. Insistía en que eran costumbres escandinavas, pero con menos entusiasmo y firmeza en su voz. Yo creía firmemente que el niño acabaría convertido en un Hemingway negro o en una versión light de Charles Mason, empezando su carrera criminal por la autora de sus días.

Pasaron algunos años y yo me fui a vivir a la colonia Roma, en el DF mexicano, haciendo un alto en un viaje de varios meses desde San Francisco hasta Tierra de Fuego, tras cerrar mi librería por falta de quórum clientelar y de una mínima sintonía con mis socios de la agencia de viajes. Allí nos cayó Eva en cuanto se enteró de que cabía en el departamento que nos había dejado una boliviana fresísima, la primera boliviana pija que conocí, podrida de dinero paterno, que nos había rentado una recámara y había marchado de viaje por África. Estábamos solos y apareció Eva en el aeropuerto tirando del mismo carro desvencijado donde ahora llevaba una maleta monstruosa cargada de zapatos de segunda mano, es un decir, destinada a sus deudos en la Habana, siguiente etapa de su viaje.

Anduvimos poco por la capital, porque Taíno era un engorro con su magnética atracción por su madre, porque la ciudad era ya bastante peligrosa y yo no me atrevía a desafiar a los narcos y ladronzuelos de poca monta con un niño de trece años en los brazos de madre, y porque nos conformábamos con pasear por el cercano parque del antiguo Hipódromo, tomar caguamas en un bar cercano donde los tacos eran baratos y sabrosos y los chilaquiles curaban de una vez la cruda de la noche anterior de tequila peleona.

Una mañana nos dejó al semiadolescente dormido en la cama del salón y fue a hacer unas compras al mercado de artesanías de la Ciudadela. Taíno abrió los ojos, miró a su alrededor, volvió a abrirlos un palmo más y comenzó a berrear mientras preguntaba dónde estaba su mamá. Hicimos de todo para calmarle menos abofetearlo, de lo que me arrepentiría toda mi vida según le conté al interesado poco antes de graduarse en el Instituto. Al final desistimos, le dejamos berreando en la terraza que estaba enrejada hasta el techo por miedo a los amigos de lo ajeno, incluidas las vidas. Aunque yo opinaba que no se tiraría hasta ver a su madre tres pisos más abajo y entonces ya no sería responsabilidad nuestra.

Pasaron los años y pasó la vida dando tumbos, como siempre. Eva estuvo unos meses en Bolivia, otros en Zimbabwe, todavía con el sátrapa africano en el poder, y unos años en Nueva Zelanda,  colaborando permanentemente con ignotos y descacharrantes organismos internacionales vinculados en unos casos a Suecia y otros a Naciones Unidas, pero sin que supiéramos exactamente cuál era su cometido. Espía no era, le faltaba carácter y además había aprendido a mentir muy tarde, con los guerrilleros, y se le daba fatal.

Taíno fue convirtiéndose en un muchacho responsable, que miraba a su madre con dulzura no exenta de cierta conmiseración, equilibrado y muy inteligente. Se reía a mandíbula batiente cuando le recordaba que siempre pedía cama matrimonial para dormir con su mamá. Cuidaba de ella. Estudiaba en el Instituto de Linköping y no sé si sacaba buenas notas o si esas cosas eran de colegios pijos meridionales, pero su madre afirmaba que era muy buen estudiante. Hablaba un castellano de trapo, hijo bastardo de casi todos los acentos latinoamericanos, sobre todo de esa cadencia tropicalona cubana. Era encantador.

No pude ir a su ceremonia de graduación del insti. Le mandé un reloj con una amiga que sí asistió. Me respondió con una postal digital en que me agradecía el regalo, me contaba algo de la ceremonia y de que andaba ligando con una refugiada iraní.

La siguiente vez que pasó por Madrid su madre colaboraba con una ONG de oftalmólogos que graduaban la vista en Guatemala y ponían gafas de segunda mano –yo creo que tanto si las necesitaban como si no-, a los indígenas de los Cuchumatanes que quedaban encantados en cualquier caso de su distinguido y renovado aspecto. Me enseñó orgulloso el reloj que llevaba en la muñeca derecha. Era muy alto, me sacaba la cabeza, jugaba espléndidamente al ajedrez, ganaba al ordenador, y jugaba baloncesto con tal aprovechamiento que le habían ofrecido hacerse profesional. Yo, ex jugador también, le reconvení como buen burgués y le animé a que siguiera una carrera seria. Más tarde le llevé a conocer el barrio de las Letras sin su madre y al tercer gin tonic cambié de opinión.

-Dale al baloncesto güey. Que se chinguen todos los vikingos esos bienpensantes, caritativos de mierda e hijueputas.

Al escuchar el acento del suecocubano y al ingerir cantidades importantes de ginebra volvía a mi retorcido acento chilango mezclado con algo de zapoteco. Taíno sonreía y me miraba con esos ojos suyos grandes, siempre al borde de la sonrisa, de mirar apesadumbrado a su madre y sus amigos borrachuzos, inermes, inertes y descarriados, que nunca iban a encontrar el norte ni con GPS.

Luego le perdí la pista a casi todo. Volvía a viajar a sitios donde ya había estado con un renovado grado de escepticismo que se volvería cada vez más sarcástico. Una amiga a la que le hacía la corte durante esa época de mi vida me regaló un Smart para que la visitara los fines de semana en Pozuelo y me volviera el lunes por la mañana a mi barrio de Argüelles donde cada día había más chinos y menos bares. La dejé en ese instante. Le dije que no se podía hacer un regalo a nadie que este no pudiera igualar. Creo que lo había oído en una película de indios en el cine del colegio, pero me sirvió como argumento para no volver a verla. Y para dejar mi ego de hidalgo venido a menos casi intacto.

Me hice corresponsal en España de un tour operador indio que me dio varias clases magistrales de cómo robarme mis comisiones bajo variados pretextos y subterfugios. Entonces entendí a V.S. Naipul y la aversión por sus compatriotas. Sobre todo cuando escribía que “La función del hombre de negocios (indio) es hacer dinero… Como comerciante no tiene la obligación de suministrar medicamentos auténticos ni buenos zapatos, ni siquiera medicamentos o zapatos. Su obligación consiste en ganar dinero, por cualesquiera medios”.

Eva entonces me contrató para traducir una revista que editaba una ONG sueca que otorgaba una especie de Premio Nobel de la paz protagonizado por niños. Hoy hubiera sospechado inmediatamente de que la dirigían curas pederastas. Me tocó el número de su revista en que se glosaba la vida y aventuras de una menor paquistaní obligada a ejercer la prostitución en su país del que había conseguido escapar y ahora dedicaba su vida a luchar contra esa lacra. Lo primero que hice fue cargarme un pie de foto en que se afirmaba que la joven estaba muy “excitada” en Estocolmo. A Eva se le había pasado y estuvo riéndose diez minutos por Skype. La palabra excited es un “falso amigo” muy americano; algo así como Daniel Ortega, pero sin matar tanto.

Me dijo que Taíno había terminado la universidad con éxito, un grado de ingeniería con especialidad medioambiental, una de esas carreras que solo se le ocurren a los suecos, como comadrona experta en métodos anticonceptivos veganos o veterinario sexador de codornices. Le dije que le iba a mandar un recuerdo y que por favor le felicitara de mi parte. También le mandé un email a una dirección que me facilitó su madre sin mucha convicción.

Le compré una de las mejores plumas Parker que mi presupuesto me permitía. Una de esas por la que suspirábamos en el colegio, que no echaba esos manchurrones de tinta de la Inoxcrom sobre las láminas, cuadernos, pantalones, camisas etc…

Nunca me contestó. Esperé pacientemente algunas semanas antes de protestar ante su madre que me juró que se lo había entregado a pesar de mis suspicacias. Pasaron otras tantas semanas. Yo no lo olvidaba y volví a preguntar a su madre. Al cabo de tres meses recibí una postal desleída en cuerpo y alma en que me daba las gracias y me decía que estaba bien. Punto.

Nunca más he sabido de él. A veces su madre, Eva la Sueca, me manda recuerdos a través de una amiga común. Nunca contesto. Quizá Taíno se había cansado de los amigos excéntricos, desnortados y envejecidos de su madre. Lo últimos que sé es que anda por Nueva Zelanda con su esposa sueca, una walkiria de metro noventa y cien kilos en canal, y sus dos hijos. Su madre le acompaña como eterna babysitter, ahora de sus nietos.

O quizá la pluma no fuera de su agrado.

©alfonso, Carboneras, diciembre de 2018