El Comité

triunfo1Volví a encontrarme a Margarita en el recital de Raimon, de vuelta en la facultad de Económicas muchos años más tarde. Estaba hablando con el rector de la Complutense, uno de esos catedráticos vitalicios que yo creo que habían nacido siendo funcionarios. Este era de izquierdas y Margarita y su marido, Manolito Gay, reivindicaban que estuvieron en el recital primitivo, amenizado por los grises en 1968. Margarita me vio, torció el gesto y se dio la vuelta ostentosamente mientras agarraba al rector magnífico por el codo y entraban al auditorio plagado de altos cargos zapateristas con sus coches y guardaespaldas alineados frente a la facultad, mientras la gente de a pie no podíamos entrar en un recinto abarrotado y nos conformábamos con seguir el recital en una pantalla habilitada en el vestíbulo. A la salida yo gritaba a los coches oficiales, taxi, taxi, inútilmente a ver si se liaban y nos llevaban a casa. Al fin y al cabo los pagábamos todos.

Conocí a Margarita en un comité de solidaridad con Nicaragua a principios de los 80. Era funcionaria de Hacienda y su eterno marido, el pobre, estaba a la espera de cazar un puesto en la administración. Luego me enteraría de refilón de que había conseguido entrar en la UNED, un auténtico cementerio de elefantes trosquistas, enseñando quién sabe qué.

Pero en aquel entonces preparábamos la primera brigada internacionalista que iba a ir a Nicaragua de la mano de la izquierda no oficial, a dar un paseo, echar algunos ladrillos encima de otros en una escuela de un poblado remoto, beber mucho ron, sobre todo el que firma, y vivir la historia que nos había tocado vivir con un protagonismo, afortunadamente, de baja intensidad. 

Hay gente que nace para ser líder y otra ¨puta base” vocacional como decía una amiga siempre que se encendía un porro. Margarita era líder nata y más por matrimonio. Desde antes de partir para el país, ya quería cambiar el proyecto en el que los brigadistas íbamos a participar. Porque era del otro partidillo que poblaba el Comité, el trosquista, que se peleaba fraternalmente, es un decir, con los antiguos prochinos de servir al pueblo como fuera, más algunos independientes de toda laya, sobre todo desnortados. Y ahí figuraba poco. Había que cambiarlo a sangre y fuego, es otro decir, para que los troskos, con su gran experiencia fraccional como ellos mismos afirmaban, estuvieran a la vanguardia de la vanguardia.

Pasó el verano y casi todos, como en las cuadrillas vascas, ya habíamos follado con las otras y viceversa; la gran mayoría habían regresado hablando un nica chapurreado con mucha fe, diciendo siempre pláticar, mucho voseo y mucha cadencia centroamericana que era más retrechera pero menos sabrosona que la cubana. Yo llegué esgrimiendo mi mantra favorito: “Ron Flor de caña, hoy lo toma y mañana cero goma”. Era una mentira como una catedral, excepto la de Managua que estaba a medio caer, porque la resaca era colosal. Pero jugabas un poco a ácrata o a molestar a Margarita y sus adláteres que te miraban con una mezcla molotov de conmiseración y censura.

A la siguiente reunión pos vacacional del comité se trajo un refuerzo, el Comandante. Así empezamos a llamarle cuando le sorprendimos cogiendo un taxi a escondidas un día que había pegada de carteles. Había pretextado una reunión urgente. Luego, tras la pegada, nos fuimos a comer pizza al local de unos antiguos tupamaros y lo vimos reunido en un pub de Malasaña con una amiga. Íntima, supusimos, a la que debía estar instruyendo, políticamente hablando.

A la siguiente reunión, nos comunicó que había hecho un papel, lo que era como una maldición milenaria, que debía ser discutido sí o sí. No decía más que lugares comunes, pero lo importante estaba al final. Había que cambiar de proyecto. Nada de ir a construir escuelas en lugares remotos y demás pérdidas de energía revolucionaria. Lo que quería el Frente era que contribuyéramos a levantar un asentamiento para una organización rural con el fin de despejar la frontera donde operaba la Contra y segarle el apoyo que pudieran conseguir por las buenas o por las malas de los campesinos locales. Por lo tanto, de frente con el Frente. Margarita afirmaba constantemente con la cabeza mientras el Comandante leía su papel, con riesgo cierto de romperse una vértebra.

Y ahí empezó todo. Los dos siguientes años fue una pelea continua entre las dos facciones del Comité, que además estaba enfrentado a muerte con el del PCE o Izquierda Unida, no lo recuerdo ya, que afirmaba ser el mero mero comité, reconocido por el Frente y que además no mezclaba la política interna, estábamos en plena ofensiva contra la OTAN, con el sandinismo, no fuera a ser que Javier Solana u otro siniestro sinvergüenza similar les retirara el apoyo de la Internacional Socialista.

El agent provocateur que uno lleva dentro es como un herpes. De los malos. Junto con un compañero fotógrafo y también periodista fuimos a hacer una entrevista al embajador sandinista en Madrid para un periódico que editamos algunas semanas antes de perder por goleada el referéndum sobre la organización militar atlántica y que se llamaba Salir. Le líamos un poco con el titulo, debió creer que era alguna revista sobre la movida nocturna madrileña, y le hicimos un montón de preguntas capciosas sobre el pacifismo, la guerra y demás. Entró como las fanecas. Luego Alberto y yo nos retorcíamos de risa recordando como se ponía firme ante un cuadro del auténtico General Sandino, y que apenas levantaba metro y medio del suelo. La embajada no supo donde desmentir y quejarse por la entrevista porque no teníamos redacción fija. Dependía del horario del bar de turno…

Siguieron meses de peleas continuas que alejaban, claro está, a cualquier advenedizo ajeno a la rica experiencia fraccional de la izquierda, que se atrevía a unirse brevemente al comité. Cada postura atraía a sus correligionarios, ciegos, sordos y casi mudos a su causa pero que hacían bulto y cabeceaban sin descanso cuando sus líderes peroraban sobre las ventajas de su proyecto avalado por el Frente frente a los que nos oponíamos a él con igual virulencia pero más instinto. Casi nadie, eso sí, se oponía a la barbaridad de trasladar a campesinos a un asentamiento de hormigón varios kilómetros al sur, sin tierras apenas, sin ganadito, y supervisados por los comisarios políticos de la UNAG, una fantasmal organización auspiciada por la nomenklatura, cuyos líderes no ofrecían mucha confianza cuando se presentaban en Managua a rendir cuentas.

El Comité seguía su labor. Vendía artesanías sin gracia, los nicas no eran muy duchos en la oferta, realizaba actividades más o menos inspiradas, festejaba efemérides con sus propios y menguados recursos, mientras el comité competidor del PCE no daba palo al agua, pero aparecía en todas las actividades oficiales del gobierno nicaragüense en Madrid.Estatua.jpg

Cabe hacer mención a un 19 de julio, aniversario de de la revolución, que montamos un puesto en la plaza de Malasaña a nuestro leal saber y entender, donde dábamos mojitos sospechosos, sándwiches de Rodilla y otros aperitivos globalizados porque el compañero peruano encargado de traer aguacate, que él llamaba palta, apareció con unas piedras verdes que tardaron veinte días en madurar y no pudimos ofrecer el guacamole prometido.

Por allí apareció el recién elegido concejal Matanzo, un nazi chulesco disfrazado de Pichi, que nos pidió el permiso para estar dando viandas en la calle, flanqueado por dos policías municipales y algunos otros guardaespaldas de paisano. Luego nos enteraríamos que siempre llevaba pistola. Yo mismo evité que algún compañero exaltado por los falsos mojitos le tirara alguna litrona a la cabeza lo que hubiera acarreado algunos tiros probablemente al aire, posiblemente al cuerpo como en las mejores épocas del franquismo.

No había reunión en que no discutiéramos hasta el hastío sobre cualquier tema que pudiera dividirnos más de lo que ya estábamos. Los nuevos brigadistas que llegaban tras su mes de trabajo en el siniestro asentamiento volvían henchidos de orgullo de su trabajo cavando cimientos en la selva montañosa del norte del país y Margarita y sus amiguitos nos miraban con suficiencia afirmando con su mirada la pertinencia de tal trabajo revolucionario.

Nosotros seguíamos realizando actividades para sacar dinero que mandábamos puntualmente al país por diversos medios y montábamos puestos en la calle, en conciertos, mítines y demás actos ligeramente subversivos en el mejor de los casos, aburridos casi siempre. Algunos nos sentíamos como las Señoras del Ropero donde militó largos años mi abuela, pero aprovechábamos para después ligar, beber, y tal vez follar si no habíamos bebido demasiado, lo cual era habitual.

El tiempo trascurría dejando huella y cansancio y las debilidades humanas pasaban factura. Uno de los nuestros, un poco límite, se había ofrecido a ser el nuevo tesorero del Comité y al cabo de unos meses resultó que se había gastado en sí mismo todo el dinero recaudado. Menos mal que otro compañero cabal se hizo cargo del asunto y consiguió afearle la conducta y que devolviera los fondos a cargo de su magra nómina de delineante del ministerio de marina. Pasó y no hubo nada. Casi, porque tuvimos que aguantar algunas caras de reconveniencia apenas contenidas de la facción dirigente.

Los comedores de pizza tupamara, afectados de un alto riesgo de colesterol, comentábamos entonces en nuestros ágapes tras las reuniones que los Margarita’s boys estaban últimamente sospechosamente tranquilos y poco enardecidos en su proyecto revolucionario-respaldado-por-el-Frente.

Un cierto martes por la tarde comparecieron todos muy serios y dejaron la palabra a una muchacha bastante razonable de su facción que se llevaba bien con todos, entre otras razones porque tenía un bar en Malasaña donde abrevaba casi todo el Comité. Su nombre de guerra era Piti, y los que sabíamos inglés, un escaso 0,1% del Comité, la llamábamos en base a su militancia What a pity! Nos anunció, demudada por la noticia, que su camarada, que respondía como el Macanas, la persona que coordinaba el proyecto en Nicaragua y miembro de su partido, se había metido en la vena todos los fondos que habíamos mandado en los dos últimos años. Pobre Piti, parecía sincera parapetada tras la máscara de funcionaria de Hacienda de su líder y el rostro hierático del Comandante. Incluso habían ido a Barajas a recibir un vuelo en que se suponía que venía el yonqui que por supuesto no volvió a aparecer por los mentideros, nunca mejor dicho.

Luego nosotros no quisimos hacer sangre. El asentamiento languideció por los avatares de la guerra y también nos llegó el rumor de que la Unión  Nacional de Agricultores y Campesinos, nuestra contraparte nica, respaldada sin fisuras por el Frente, se había pulido otra gran parte de los fondos aportados por nosotros en casas de lenocinio y vistosos todo terrenos 4X4 con los que aparcar en tales tugurios sin llamar la atención.

Hasta ahí llegó el Comité. La OTAN ya no tenía enemigos de tal porte en el país, Nicaragua cambió de gobierno, Margarita y su marido encontraron nuevos proyectos donde ejercer su liderazgo, y los más conspicuos bebedores nos retiramos a nuestros cuarteles de invierno arribando en propuestas menos bizarras, aunque más simpáticas como el Derecho a Morir Dignamente, la ecología y el animalismo, o más tóxicas como el independentismo radical, la lucha escasamente armada y el feminismo radical transgénero.

Muchos años más tarde, en alguna hojilla parroquial, leí que Margarita y su consorte habían arribado a las procelosas agua del Podemismo en su versión anticapitalista y que desde allí hacían papeles que discutir, seguían sin pegar carteles ni acudir a mesas petitorias, aunque organizaban roperos para desfavorecidos en el Movimiento 0,7% y más sin aparecer en los actos, y acababan pidiendo solidaridad para los afectados por la hipoteca que habían comprado pisos que no podían pagar.

En definitiva conseguimos anticiparnos a la etapa de corrupción generalizada en que iba a caer el sandinismo y otras hierbas no menos amargas algunos años más tarde, para liderar un horizonte de chorizos, aquí y en la tierra hermana latinoamericana, a mayor gloria de una izquierda tentada por los oropeles y de levísimo peso. Pero la culpa siempre era del Imperio.

Nuestros líderes siguieron escaqueándose en taxis cuando no les veían, eso sí, y agarrados del codo del magnífico señor rector entraban a los conciertos que conmemoraban no sé que juventud desvanecida ni qué causa perdida que mereciera el esfuerzo de creer en ella antes de morirnos, ellos de viejos  orondos y satisfechos, nosotros de una cirrosis poco luminosa pero llevada con gran dignidad, como en el mismísimo Rick’s Cafe.

Lekunberri, 25 de agosto de 2019

Como lágrimas en la lluvia. La historia de la Brigada (en mobi, Kindle)

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