Argüelles, retrato en blanco y negro del Parnaso madrileño

Era poco más de las 10 de la mañana y en la esquina de Tutor y Princesa un joven de barba escasa esperaba nervioso a que Alberti abriera la persiana tras el enésimo ataque de los Guerrilleros de Cristo Rey que apenas había chamuscado los azulejos diseñados por el mismo poeta y que cubrían toda la fachada.

El muchacho acababa de entrar en una pequeña editorial escolar que tenía una colección infantil y le tocaba visitar librerías y colegios, las primeras con algo de éxito en sus gestiones, y los segundos prácticamente a cero tras algunas visitas a claustros siniestros dirigidos por curas no menos siniestros donde se negaban a echar ni una mirada a sus catálogos y sus muestras.

Por aquel entonces el barrio de Argüelles, mejor dicho, la zona de Argüelles, empezaba en Cuatro Caminos y terminaba en Plaza de España y albergaba alrededor de 25 librerías bien contadas, esto es, establecimientos donde se vendían casi exclusivamente libros, aunque algunas tuvieran una tímida sección de papelería para redondear sus ingresos. Incluso en aquel Madrid existía una zona denominada “extrarradio” con sus librerías de barrio, modestas pero aguerridas, dirigidas casi siempre por algún rojo letraherido que solía vivir en casa de sus padres, pero que afirmaba sin empacho que compartía una buhardilla de Malasaña.

En pleno barrio de la Concepción, todavía en construcción había una nacida al calor del colegio Obispo Perelló, de donde había salido la OMLE, el PCE-R y finalmente buena parte de los GRAPO. Su único trabajador y dueño era un gordo amable, capaz de despachar una caja de cruasanes para desayunar, que más tarde abriría editorial y librería casi enfrente de las oficinas comerciales de El Corte Inglés, en las faldas del barrio de Salamanca. La librería se llamaba Glose y la primera vez que el joven la visitó, el hombretón le invitó a unas cañas mientras cerraba el negocio, dicho piadosamente, con un cartelito de “Vuelvo en 5 minutos”. Muchos años más tarde también le invitaría a tomar unas cervezas en un hotelito en plena Costa de la Muerte.

Entró a Alberti, y saludó al encargado, Jose, que provenía de otra librería también con nombre de poeta de izquierdas, y que tenía los nervios de punta por los ataques de los franquistas encastillados en las fuerzas de inseguridad. Miró las novedades y el catálogo y pidió dos ejemplares de cada muestra que el corredor en plaza –así se llamaba técnica y sindicalmente la labor que desempeñaba el joven-, le puso delante.

“Hay que pedir con alegría. El día que no podamos pedir así cerramos. Aunque a Lagunero le dé un infarto cuando vea las facturas”,  les dijo a los dos representantes que se habían juntado frente a su mesa en el altillo donde tenía su despacho y algunas estanterías con libros infantiles. El segundo era Agapito, un proletario de libro que iba enseñando al joven los vericuetos del oficio. Jose sería luego compañero, de fatigas en la zona de Argüelles y de futbolín en las reuniones de marketing chueco de los viernes, formando una pareja prácticamente invencible.

El muchacho no daba crédito. Era casi su primer pedido, seguro que sus primeras comisiones que se unirían a un sueldo raquítico, y a un fantasmal contrato mercantil con el que la editorial pretendía amparar sus servicios. No sabían lo equivocados que estaban y lo que les iba a costar sus picardías en Magistratura donde los abogados de CC.OO hacían sus primeros pinitos.

A continuación y en compañía del otro colega se dirigieron a El Brocense, otro establecimiento cercano que había abierto hacía unos años el ínclito Germán Sánchez Ruperez, dueño de la editorial Anaya, especializado en lengua y literatura. Allí vegetaba entre las estanterías uno de los personajes míticos del gremio, Juan Sailor, de origen irlandés según comentaba a todo el que se dejaba, recién escapado de los sueños enfebrecidos de Valle Inclán, íntimo colega del Picalagartos y Latino de Hispalis y musa de otros personajes esperpénticos de esa particular farándula librera bañada en humo y alcohol.

Unos meses más tarde, ya instalado el muchacho en una editorial de posibles crecida como tantas a la sombra de una imprenta y llevada por el hijo del dueño, fundarían en casa de Juan y su mujer, las Comisiones Obreras del libro, una verdadera contradicción en los términos que los pocos militantes, -aún se llamaban así-, defendían con orgullo.

Sailor perfumaba su luenga barba con Farias envueltos en papel de fumar que destilaban un juguillo amarronado altamente tóxico para cualquiera que no tuviera origen de marinero irlandés. Juan era un hombre ilustrado a su manera, con una memoria elefantiásica, vital en un gremio donde todavía no habían llegado los ordenadores y que cuando lo hicieran los libreros los mirarían con odio analógico, siendo particularmente reacios a la tecnología. Pero Juan era harina de otro costal. La odiaba, sumaba de cabeza por no usar calculadora y casi siempre se equivocaba a favor del cliente.

Cuando medio cerró El Brocense, -su dueño salmantino pasaba por allí y decía que le costaba más que una querida- Juan se fue a Alberti que se iba a traspasar porque Enrique Lagunero, hermano de Teodulfo, el comunista vallisoletano que había pasado a Carrillo con peluca y todo, estaba harto de perder dinero. La cogió una pareja joven y contrataron a Juan como experto en el mundo del libro al que ellos acababan de llegar. Craso error. Sailor aborrecía hasta las máquinas de cobrar con tarjeta, las analógicas bacaladeras, las cajas registradoras aún las más manuales, de esas con manivela, y cualquier adelanto enchufado a la red, eléctrica por supuesto, como el teléfono, lo veía como una argucia del capitalismo. Duró poco allí. Un día apareció su hermano, crítico y guionista de cine, tan amante de la cazalla como el librero, y montó una trifulca ante el inminente despido de Juan que no acabó a puñetazos porque el plumilla no hubiera acertado ni uno.

Sailor tenía un amigo de farras que trabajaba en una editorial de artes marciales, aunque era un virtuoso de la patada en los cojones en las peleas de bar, vinculada a la librería Argentina, también en Argüelles, conducida por una paisana de Borges, que ya por aquel entonces creía en la teosofía, el kendo, el veganismo, el anarquismo de salón, las flores de Bach y vaya usted a saber qué otras tonterías más. Allí acabó trabajando nuestro hombre, y sus Farias de por la tarde acabaron arrasando con una clientela que huía del humo como del demonio.

Y hablando del Maligno, no hay que olvidar una siniestra tienducha donde se vendía toda clase de libros ocultistas con una trastienda donde se afirmaba que se hacían misas negras que oficiaba el propio Armenteros, un viejo gay se diría ahora, pero que en su tiempo era tenido por un maricón de tomo y lomo.

Sailor pasaría varios años en el paro, excepto para dilapidar su maltrecha salud en noches enteras de juerga, siguiendo tal vez algún itinerario más propio de Alejandro Sawa o de Max Estrella, con un par de periódicos bajo el brazo, la cabeza torcida por una desviación de columna y su voz apenas audible para cualquiera que le prestara oídos en una barra mugrienta, quedándose a veces dormido en un banco próximo a su casa, un quinto sin ascensor, al que su estado no le permitía trepar.

Con otro pedido en la mano, fruto más de la solidaridad de mister Sailor que de las necesidades reales de la librería que no trabajaba nada de texto ni de infantil, los dos representantes se encaminaron a Cal y Canto, otra librería donde leía gratis Emilio, el Ezra Pound de los libreros madrileños, ya por entonces un maldito envuelto en un abrigo deshilachado del tweed más carpetovetónico, que no se quitaba hasta pasada la Feria del Libro en un local sombrío donde no había calefacción y solo entraban estudiantes a robar libros de literatura exquisita bajo la mirada estrábica y complaciente del librero si el autor era de su agrado.

Emilio defendía con ardor las drogas alucinógenas, aún incipientes en esa España de solysombra y Machaquito y no les encargó  nada porque tenía prohibidas las compras a partir del día 10 de mes aunque anotaba en un cuaderno cuadriculado repleto de lamparones de alcoholes varios, las novedades que le parecían interesantes a la par que invendibles para los primeros diez días del mes entrante. Su público objetivo debía rondar las quince personas en todo el área metropolitana, él mismo incluido.

Leía y declamaba en francés los cantos de Maldoror en cuanto iba por la cuarta copa, a veces acompañado por el corredor de Siglo XXI, de su mismo nombre, que les decía a las pobres chicas que se ponían a tiro en alguna barra de Malasaña que él se corría enseguida y se dormía ipso facto y no molestaba con eso de “te quiero, dame un beso, ni majaderías semejantes”.

Solían coincidir en un bar donde el pincho de tortilla era tan grasiento como las copas donde servían el Soberano, el chispazo de media mañana que mataba la resaca y algunos miles de neuronas y donde acudía otro corredor mítico del gremio con barba de legionario, que conservaba de su tiempo en el Tercio, que juraba que él solo entraba a las librerías cuando no le quedaba más remedio y que si querían libros –reposiciones se decía-, que llamaran por teléfono a Enlace, donde Concha años más tarde se reiría a mandíbula batiente cuando los libreros pedían por teléfono más ejemplares de Bukowski, ese de la máquina… “¿El de la máquina de follarrrr se refiere usted?” preguntaba solícita recalcando mucho la erre final. “¿Y cuántos polvos le mando, digo ejemplares?”, concluía.

Algunos años más tarde Emilio, el Zaratrusta, acabaría trabajando en Visor, a la maligna sombra de Chus , más letal y amargada que la del manzanillo de Indias,  porque el tipo conocía bien su trabajo, y se había leído casi todos los poetas que luego conformarían el catálogo de la mejor colección de poesía publicada en la península, que nacía “de lo que a mi me gusta leer, no tiene mérito”, apostillaba el dueño ante la mirada gélida de su mujer parapetada tras una caja registradora que no tenía tecla para hacer descuentos, como decía con rictus venenoso a los pocos infelices que se lo pedían, siempre y cuando no fueran catedráticos de la Complutense apoltronados en el vecino edificio donde vivían a costa del erario público, levantado por Franco para que los apesebrados lectores de José María Pemán pudieran reunirse y quejarse de que el eximio intelectual franquista no recibiera el Nobel de literatura por pura envidia del comunismo internacional.

Personajes históricos del Parnaso eran Isidoro, líder supremo de los corredores de la  distribuidora Visor que luego tornaría su nombre en Antonio Machado y compraría la librería homónima, dicen las malas lenguas que a sugerencia de Alfonso Guerra en las juergas de baja intensidad que se libraran en la Bodeguilla. Isidoro era retaco y tenía retranca, valga la aliteración. Juraba que había fundado la OPI, Oposición de Izquierda al PCE, junto con el que fuera más tarde Secretario General o General Secretario del Partido Comunista de los Trabajadores para acabar de crítico enológico del diario El País. Junto con varios colegas también del Gremio, el Trucha o el Burreo, despotricaban en los garitos de Malasaña de los jóvenes que se perdían para la revolución dándose a la grifa y productos similares, mientras blandían sendos cubatas de ron Negrita en vaso largo sujetos con la misma mano que sostenía el Celtas con filtro, el tabaco proletario por excelencia.

Y no hay que olvidar a Corcuera, eterno free lance, que llevaba varios fondos, ninguno en exclusiva y de los más variados palos;  un hombre mayor tocado en invierno con un gorro de astracán ajado que en el norte llamaban cuévano, que  siempre se mostraba preocupado por su decreciente virilidad y los diversos e imaginarios productos para recuperarla. Murió antes de conocer la Viagra. Solía pedir a los libreros liberales e ingenuos que le dejaran utilizar el cuarto de baño, cosa que también hacía el repartidor de Alianza denominado el Navarro. Era mejor abstenerse de visitar el cuartito hasta bien pasadas unas horas de las visitas gremiales.

También bajito era Tarzán, apodo que venía como anillo al dedo a un tipo simpático como pocos y por supuesto buen bebedor que en cuanto te descuidabas te contaba el remedio infalible contra la borrachera: comerse una tableta entera de chocolate antes de comenzar las libaciones. Luego añadía que lo había hecho una tarde antes de la fiesta del PCE y la borrachera había sido de campeonato, por no hablar de la vomitona provocada por la tableta de chocolate. Y concluía afirmando que sin duda el chocolate era de algarrobo, algo muy frecuente en la posguerra.

Y para rematar la galería, Fede, de una distribuidora familiar, Martínez, que él mismo llamaba Devoluciones Martínez. Angelface, era uno de los caraduras más felices del gremio, hijo de un banderillero de la CNT represaliado tras la guerra, y tenía más peligro que Vázquez, el dibujante de TBO que te pegaba un sablazo en cuanto te descuidabas. Acabó haciéndose un nombre en el noble arte del libro de saldo y con eso alimentaba a su prole, abundante, generosa con el dinero ajeno y poco amiga del esfuerzo.

Quizá el punto más agradecido, no por sus pedidos, sino por sus dependientas era la librería México, bastión del Fondo de Cultura Económica en España, llamado así por un error de transcripción de su verdadero nombre, Fondo de Cultura Ecuménica. La librería no vendía un pimiento, pero sus tres muchachas, jóvenes y lozanas, con quienes el joven mantuvo con dos de ellas una amistad toda su vida, parecían mexicanas sin serlo. Una, Maru, era de rasgos indígenas zapotecos, aunque nacida en Vallecas; otra decían que era la primera mujer de Javier Pradera, y la última, Maite, era una mujer espléndida con ese cutis manchego que tan bien pintaría después Antonio López, su paisano, pues Maite y su marido, Eduardo, director comercial de Siglo XXI de fieros bigotes, en este caso parecidos a los de generales de la Guerra Cristera, también conocido por Sor Citroën dado su apego a la marca, eran ambos de Santa Cruz de la Zarza, un pueblo en tierra de nadie, entre Toledo, Cuenca y Madrid, donde al protagonista quisieron tirarle a los pilones por haberse ligado a una moza sin pagar la correspondiente prenda.

De allí también era Juanito, con el que luego coincidiría en una distribuidora del Jesús del Gran Poder de la otra editorial por antonomasia de libros de texto,  y de nombre clásico, que los más ilustrados identificaban con Ulises y los más cursis con Cavafis. Su director comercial, Virginio, era un oportunista que no distinguía entre libros, barritas de cereales o pelotas de ping pong, nacido al calor de un socialismo incipiente ávido de cuadros medios, de categoría intelectual decididamente baja. Claro que sus ayudantes de campo eran semianalfabetos y el director de libro importado, Cambridge, Oxford University Press, Larousse casi todo, no sabía francés y mucho menos inglés. Y en castellano le costaba expresarse sin abandonar el acento baturro.

Otra cosa fuera el jefe de ventas de Madrid, un navarro honesto, católico y abierto, al que los corredores podían llegar a sacar de quicio cuando en las reuniones de ventas de los viernes por la tarde, convocadas adrede en esas horas para que no adelantaran el fin de semana, se iban a jugar al futbolín y regresaban tarde, sudados y un poco ebrios. Juanito empezaba siempre la reunión anunciando que no se enrollara que él tenía que irse a su pueblo. Lo mejor de la reunión era la presentación física de las novedades a correr en la semana entrante, magníficos libros de Alfaguara, Taurus, Altea, Gedisa, Folio, Laia… que los corredores ojeaban con arrobo, y unas hojas de contacto con las portadas de los libros que podrían ser objeto de reposición, verdadero hallazgo de Virginio para revolucionar el marketing del sector, algo pachucho después de haber caído en desuso el doce-trece.

También nacida de un personaje emblemático del sector era la librería Robinson, cuya encargada era la legítima esposa de un editor que también como Chus Visor, competía con una maravillosa colección de poesía que abrió Johann Christian Friedrich Hölderlin, un hito en la vida cultural del poblachón manchego que era Madrid, y cuya obra llegó a vender casi 500 ejemplares, algo que solo Raymond Carver lograría en poesía más tarde. Nadie sabía de dónde había salido el rumor de que la encargada en cuestión era de costumbres muy relajadas en su vida sexual, algo que sin duda había importado del mayo francés y hacía que la librería fuese más frecuentada por ella que por sus libros. Más tarde fue traspasada a un ilustre marino que la especializó con éxito en su campo, mientras que los anteriores dueños abrieron local en lo más granado de Madrid, tras la puerta de Alcalá, sede también de su editorial que adoptó el nombre de la obra más conocida del autor alemán y que “corría” un motero un poco macarra que estaba fascinado por los indios americanos y que juraba no haberse lavado la mano con la que estrechó la del Subcomandante Marcos.

También migró el librero del barrio de la Concepción a la par que fundaba una editorial señera en conocimientos alternativos pero sin milongas que abrió con varios socios local en la calle Hermosilla y donde acabó reuniéndose lo más borracho, y esto era un hito en sí mismo, del Gremio, fundando una costumbre que pasó a llamarse “los Martes Culturales”, que tenía su sede en un cercano bar de cañas. Era inútil visitar la librería por la tarde como cliente o proveedor, aunque la señorita que la llevaba miraba con cara de consternación a sus socios y trataba de quitar hierro a sus miradas perdidas, andares oscilantes y hablar farragoso.

La ruta de Argüelles acababa o empezaba en la librería Cuatro Caminos, muy cerca de donde tenía su cabecera el F, un autobús que conectaba el barrio con las facultades complutenses. Allí tenía su sede el trosquerío de la capital, de hecho se reunía entre otras, la célula de Artes Gráficas, bastante apañada con sus doce o trece miembros más dos simpatizantes a las que no se dejaba acudir dada su falta de compromiso y entre las que se podía encontrar incluso algún obrero, nacido tal o sobrevenido como la Kaperu, una vampiresa de rasgos dulces y tabardo rojo con capucha de la que le venía el mote, y Alfonso librero de la Costa Moyano (sic) que tenía como santo y seña que si él había militado previamente en el partido de Carrillo era porque todo buen revolucionario profesional tenía que haberlo hecho. La librería funcionaba bien, vendía mucho, pero al final el cartagenero que pasó a ser su dueño dilapidó la herencia del colmado familiar y los beneficios de la librería metiéndoselos por la nariz, afirmaban las malas fuentes.

En el otro extremo de la ruta abría Naos, una librería especializada en arquitectura, que Radio Macuto afirmaba había nacido de un gordo de la lotería de Navidad que le había tocado a Reyes, su dueña y reina absoluta, gordita retrechera, profesional y de ojillos siempre alegres.

Quedarían en el barrio algunas librerías anodinas que no dan para una reseña y para pocos pedidos de nuestro héroe que cuando quería alargar la ruta visitaba Machado, librería importante antes de que la compraran los libreros adictos a la Bodeguilla y donde Miguel, su eterno trabajador, contestaba indefectiblemente a los clientes que se dirigían a él preguntándole “Oiga usted es de aquí” con un escueto, “No señora, yo soy de Bilbao”, entonado con el acento más castizo de Lavapiés.

Luego torcía el Junco hasta llegar a  Aviraneta, con Chechu un guipuzkoano rara avis, casi ciego por una rara enfermedad hereditaria que te detectaba antes de que abrieras la puerta, y en cien metros estaba en la Tarántula, donde fungía Luisito, sustituto del imborrable Rafa Chirbes, bajo el ala protectora de su dueña, Gabriela Sánchez Ferlosio, hija del falangista de primerísima hora Rafael Sánchez Mazas y hermana de Rafael y Chicho quien alguna vez repostaba allí calzando zapatillas a cuadros. Finalmente paraba en el Galeón, con dos intelectuales de auténtico postín al timón y finalizaba en Albacora, que la dueña de la cafetería Santander había abierto para poder blanquear el origen hostelero de su fortuna.

Luego evitaba Fuentetaja a pesar de su amiga Carmen, otra de las fundadoras de CC.OO del libro, o quizá por Jesús, uno de los personajes más falsos de la Transición y porque las comisiones de sus ventas correspondían a otros. Jesús era famoso por inaugurar la figura del becario, estudiantes sin sueldo que trabajaban en la librería a cambio de algunos títulos de su famosa trastienda.

Y así, con 25 o treinta visitas giradas en dos días, nuestro amigo, joven, ateo y sentimental subía a su infravivienda también en Argüelles, a la sombra del bar los Lagartos, donde Vicente, su camarero de guardia, se negaba a servirle algo que no llevara alcohol.

Años más tarde en un rapto de pérdida de la razón, acabó abriendo su propia librería, -cómo no, en un callejón del barrio de Argüelles, aunque sin espejos-, con Juanito, su compañero en aquella distribuidora de nombre helénico, especializada en viajes y a la que la alianza con una agencia de viajes alternativos (sic) hizo que la aventura durara más de lo que por esos tiempos era habitual.

Finalmente Internet arrasó con todo y el libro arrastra su existencia parapetado en pantallas y en adictos al olor del papel recién impreso, en un país donde más del cincuenta por ciento confiesa no leer jamás alguno, el cuarenta por ciento miente, y el resto devora novedades bajándoselos del Emule o plataformas similares, robándolos en la Casa del Libro de la pérfida Planeta o incluso comprando alguno en Alberti que resiste abierta a vientos y mareas de la mano de Lola, como algunas otras, más por sentimentalismo que por lucro. Sic transit gloria mundi

alfonso. Marzo de 2020, durante el estado de sitio, en algún lugar de las montañas de Navarra.

P.D. Todos los personajes e historias de este relato son fruto exclusivo de la imaginación esquiva y borrosa del autor, de las brumosas ruinas de su memoria, y cualquier conexión con la realidad es pura coincidencia.