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Agapito, un proletario de libro

Me Ti, el libro de las mutaciones
Le conocí en la facultad de sociología, poco antes de que se muriera en su cama el cocodrilo que gobernaba el país desde hacía 40 años. Se acercó a venderme una mercancía peligrosa que entonces circulaba por el bar, mucho antes que el caballo se convirtiera en el lubricante de la vida de los universitarios de la siguiente generación, teñidos de anarquistas de baja intensidad. Me ofrecía libros, la mayoría prohibidos, que le fiaba Jesús de la bien surtida trastienda de la librería Fuentetaja. 

Le compré un par y encargué otros dos, creo recordar que La muerte de la familia de Laing y El Me-Ti de Bertold Brecht, un opúsculo estalinista de grueso calibre que disparaba contra Trosky antes de que el georgiano le asesinara, fruto de la envidia que le profesaba por haber compartido cama con Frida Kahlo. 

El de Laing confirmó mis sentimientos más oscuros sobre mi entorno familiar y me prestó ánimos para montar en mi Vespa una noche de invierno en que arrancarla era una proeza casi igual que emprender un camino hasta hoy sin rumbo y sin retorno, lo que ahora consideraríamos una auténtica barbaridad a los veinte años.

Ambos íbamos al turno de noche por razones de trabajo, yo por querer encontrar alguno que me permitiera salir de la casa de mis padres, a la sazón una especie de Treblinka gobernado por un kapo femenino de poco pecho y carácter volcánico en versión pasiega, devota del queso Jacinto y de los cursos gratuitos de sabiduría burguesa que organizaba la mujer de Joaquín Satrústegui, una aristócrata donostiarra que jugaba a la ruleta rusa liberal monárquica con chaleco antibalas, y él porque andaba a salto de mata en casa de su madre.

Se trataba de un sexto piso en la calle Atocha sin ascensor ni calentador de agua, como pude enterarme más tarde, donde vivía con la viuda de un ex capitán del Quinto Regimiento que acabó vendiendo prensa de forma ambulante por los hoteles que rodeaban la cercana estación de Atocha tras haber pasado varios lustros en la cárcel y esquivar una pena de muerte. Jamás llegaron a darle un kiosco a pesar de una enfermedad pulmonar que acabó tempranamente con su vida de rojo sentimental y fumador empedernido.

Empezamos a intimar en virtud de nuestro amor común por los libros que quizá nos viniera fruto de la genética, él por su padre lector compulsivo y vendedor a su pesar de la prensa del Movimiento y afines, -todos entonces eran afines, sobre todo el cercano a su piso de portera, el diario Pueblo-, y yo por las veleidades de mi padre como editor de Fray Justo Pérez de Urbel en comandita con su socio Alberto Vasallo de Mumbert, un fascista de pelo en pecho e hirsuto que salía de su camisa abierta, radicado en Piedralaves, donde llegó a entrenar un fantasmal ejército de liberación portugués tras el golpe de los capitanes de Abril. La editorial y su magna obra La tijera literaria, tenía la oficina en un local subterráneo de la Gran Vía que albergaba los excusados más célebres de la capital, frecuentados por homosexuales sórdidos, ajados y deslucidos, perseguidos con saña y cierto morbosa adicción por el Régimen del brazo incorrupto. Alguna vez que saqué unas perras corrigiendo galeradas, mi padre me advirtió de que fuera con ojo si bajaba a los servicios o me fuera a la cercana cafetería Manila, que ya se encargaba él de pagarme la consumición.

Años más tarde y siempre con el dinero de su esposa, compartido cristianamente en razón del matrimonio en régimen de estrictas gananciales, llegó a editar su obra cumbre, Pasión y muerte de Jesucristo, que pretendía vender por fascículos a todas las parroquias de España en virtud de su antigua militancia en Acción Católica desde antes de la guerra, tal y como había hecho con Molokai, película en la que había participado como productor consorte. Los tiempos habían cambiado sin que él se diera cuenta, abrasado por otras pasiones repartidas entre Garabandal y El Escorial y la empresa fue un absoluto fiasco que no consiguió ni siquiera saldar al papelote y eso que estaba impresa en un cuché de muchos gramos. Ahí su señora dijo basta, disolvió la sociedad de gananciales, le retiró la firma de todas sus cuentas y la titularidad de sus pocos bienes y pasó a entregarle una paga semanal con la que se compraba todos los periódicos del domingo, el único vicio que tuvo toda su vida, si no consideramos como tal el haberse casado con una señorita muy acaudalada de Santander, hija de una familia pasiega que todo el mundo tenía por loca y por rica desde hacía generaciones.

Agapito al conocer los detalles menos escabrosos de esa historia previamente espurgada por mi, me propuso que montáramos un puesto de libros en el Rastro. Miguel, el dueño de una distribuidora que entonces  se llamaba Visor y tenía el almacén en el barrio de Tetuán, nos dejaría los libros en depósito y entonces bastaba hacerse un hueco en la plaza del Campillo del Pueblo Nuevo,  abajo a la derecha de Ribera de Curtidores, donde sentaban sus reales los libreros de más o menos lance, incluido un ex capitán de las SS que vendía las obras completas de Leon Degrelle y del que se decía que llevaba siempre una Luger bien alojada en la sobaquera.

Allí vendíamos todos los domingos por la mañana obras de estricta vanguardia, Bachelard, Sartre, Beauvoir, Brecht… pero nuestro mayor best sellerfue El Manifiesto Comunista, una vez autorizado, en edición de Ayuso, a 25 pesetas el ejemplar, 22 con el debido descuento. El día de la legalización del PCE llegamos a vender cerca de 200 ejemplares. Recibimos la visita de los Guerrilleros de Cristo Rey de la que nos defendimos aceptablemente con los hierros de nuestro puesto una vez desmontado de una patada y con la ayuda solidaria de unos jóvenes cenetistas que vendía muchísimos menos libros que nosotros pero que nos sonreían sin rencor a pesar de las miradas de suficiencia marxista leninista de Agapito, que por entonces rondaba la OPI, uno de los primeros grupúsculos escindidos del PCE y que juzgaba a Beria como un pequeño burgués pequeño de clase media baja con las rodillas inthe guanter, significara eso cualquier cosa que pudiera significar.

El Manifiesto ComunistaUnos meses más tarde su líder, Carlos Tuya, condujo a un puñado de esforzados militantes hacia un nuevo partido, el mero mero, el definitivo, el Partido Comunista de los Trabajadores,cuyo símbolo era un clavel en homenaje a la Revolución de Abril recién acaecida en el país vecino. Le recuerdo en Malasaña, junto a otro de los cuadros descollantes del partido, un trabajador, -es un decir-, de Alianza Editorial que hacía de corredor de comercio de su fondo, asomados desde un garito de la plaza con sendos cubatas tibios en vaso de tubo, perorando sin reparos y criticando de manera contundente la novedosa y reaccionaria costumbre de fumar porros que empezaba a practicar la juventud y que les alienaba a la vez que les pervertía y alejaba de la auténtica revolución de la clase obrera más heroica y sudorosa.

Años más tarde, ya con su verdadero nombre, Carlos Delgado, seguía predicando sobre las inequívocas ventajas del alcohol sobre las drogas blandas y escapistas desde las páginas de El Paísdedicadas al vino desde la perspectiva más epicúrea. Pero no creo que llegara a ver Platoon ni que se identificara con Tom Berenguer, una película tildada todavía entonces de desviacionista, a cargo de Oliver Stone, al que sin duda los adictos de su garito tenían como agente de la CIA.

A los pocos meses Agapito y yo decidimos compartir piso, una infravivienda que yo había encontrado en Argüelles, frente al piso de mi hermano que me cobijaba desde que una noche pegara un portazo en casa de mis padres, para alborozo de la irresponsable (sic) de mis días. Se trataba de un  quinto, esta vez con un ascensor aunque homicida, muy bien distribuido en dos habitaciones, vestíbulo enano, cocina diminuta y cuarto de baño en que había que ducharse de costado. Era tan recoleto que llegamos a convivir hasta cuatro personas cuando se sumaron al disparate nuestras respectivas parejas.

Pero hasta ese momento vivimos dichosos Agapito y yo, rodeados de libros robados en librerías que sospecho hacían la vista gorda con nuestros desmanes de jovenzuelos, como Robinson, en la calle Fernando el Católico, donde su dueña tenía fama de ninfómana y letraherida a la vez, un binomio que sospecho sigue operativo, y sobrantes de nuestro tenderete en el Rastro, atracándonos de hígado de cerdo a 11 pesetas el kilo y arroz blanco en el que mi amigo intentaba, sin conseguirlo por supuesto, mojar pan en el caldillo blancuzco del arroz partido que nos dejaba Donato, nuestro ultramarinista de guardia, a precio ridículo. De ese hígado para perros estoicos del barrio Salamanca debe venir el colesterol que me afea mi médico de cabecera en el ambulatorio neo socialdemócrata de mi barrio.

En la facultad humeaban los grises, proliferaban los profesores vanguardistas alumnos de Gualtari, Althusser, Lacan y Deleuze y otros que iban a hacer historia como Leguina, al que tuve el honor de llamar fascista muchos años antes de que se convirtiera en tal, y bebíamos sin reparos y sin tasa alcoholes equívocos y botellines de Águila que luego le dejábamos a Fraga en su mesa, que llegó a estampar contra una pared ante nuestro regocijo.

La banda de amigos maoístas, “carrillos”, banderas blancas y luego rojas, una frapera una, ácratas de excelente humor, un demócrata cristiano de izquierdas al que se lo perdonábamos por su gracejo contando chistes machistas subidísimos de tono y algunos estudiantes más, llegamos a la conclusión de que Agapito era un diminutivo que nuestro amigo, ese héroe de la clase obrera, el primero que conocíamos, no merecía, y comenzamos a llamarle sin sorna ni mala intención Agapo. No parecía molestarle y lo recibió como nombre de guerra, uno tan torpe como llamar “Tarta” a un amigo y camarada mío troskista que era tartamudo, o la “Negra” a una muchacha de Almería que parecía recién llegada de Senegal y que mostraba las palmas de las manos, blanquísimas por contraste del negro de su reverso, para certificar su africanismo y reivindicar de paso y sin tasa a Frantz Fanon y la lucha armada en el barrio de La Chanca.

Frantz Fanon

Ese verano comprobamos que la gomaespuma de nuestro amigo el colchonero del Rastro era lo más parecido a las tibias arenas podridas de cualquier pantano malsano cuando en la semibuhardilla no bajaba de los 32º en lo más denso de la noche madrileña; que se podía vivir sin televisión, entonces con apenas dos canales, un invento diabólico al que nunca podríamos imaginar el grado de abyección al que iba a llegar más tarde; que el sofá era un somier viejo con un saco de arpillera como respaldo que te dejaba la espalda en carne viva, y que nos íbamos a convertir en adictos del Topics, un self service de la plaza de los Cubos, donde salíamos indefectiblemente con toda la vajilla utilizada en el parco condumio metida en la mochila.

Seguimos vendiendo libros, yo me hice profesor de inglés en uno de esas academias donde su éxito radicaba en su fracaso eterno en enseñar el idioma y Agapito empezó a prestar sus servicios en una editorial como corredor en plaza, ya dado de alta en la Seguridad Social. El remedo de apartamento no daba más de sí para sus cuatro habitantes y separamos nuestros caminos sin discutir sobre la nevera que habíamos comprado en doce plazos de 1000 pesetas cada uno, devolvimos a su hermana la Jata de un kilo donde lavábamos la ropa interior, repartimos los libros y yo me quedé la infravivienda de Argüelles, y Agapo y su novia se volvieron a su barrio de Atocha a seguir siendo felices, casi ingenuos y librodependientes.
Muchos años más tarde me lo encontré en la plaza de Ópera. Tuve que hacer un esfuerzo para forzarle a que me reconociera y me prestó un perfil agrio y desganado. No quiso saber apenas nada de su antiguo compañero de piso ni de aquellos tiempos que a mí me parecían bohemios y a él quizá sórdidos, cogió de mala manera la tarjeta que le tendía mientras le invitaba a compartir unas copas y cierta melancolía cualquier tarde de ese otoño lloviznoso, hizo un escorzo digno del mejor delantero centro y desapareció en las escaleras del Metro de la plaza.

No le he vuelto a ver, los libros nos han abandonado, reliquias de un tiempo mutado como el libro de Brecht, igual que un naufragio en agua de nadie, aunque los recuerdos siguen conspirando a nuestras espaldas como en un cuento de Conrad.

© alfonso ormaetxea, agosto de 2017

El fantasma de Txus Ulacia en la Alameda

Por un momento dejó de atender el discurso inusitadamente realista y de bajo perfil de los oradores de la tribuna, políticos en trance de dejar de serlo, soltó a la muchacha que bailaba con él, y miró al personaje que pasó a su lado como una exhalación. Tardó algunos momentos en reaccionar y cuando levantó el brazo con la mano abierta para esbozar un saludo, un gesto, el cuerpo sólido de Jesús Ulacia ya había desaparecido camino del Zócalo.

Apenas pudo distinguir sus pantalones de tergal claros, las pesadas botas negras de monte, el sombrero de paja levantino, no zapoteco, y la eterna camisa azul celeste. Pero recordó perfectamente las sienes musculosas y la cabeza maciza, los ojos azules meridionalmente abiertos, los brazos de oso, y el andar a la vez pesado y ágil del zaguero de pelota mano. Y la eterna sonrisa de conquistador, que sólo se le torció cuando se tomó a malas una broma de un francés borde a punto de lanzarse a la piscina de Altea y se tiró vestido, con cientos de miles de pesetas en el pantalón en billetes y en monedas que los niños continuaron sacando durante semanas del fondo de la alberca.

Aquel día le ayudó a salir del agua tirando de sus más de cien kilos, mientras le hacía señas al francés lívido para que se fuera y no prestara oídos a las blasfemias de Txus, que le mentaba a su madre de gabacho incauto que no sabía con quién se estaba jugando los cuartos. Recordaba a Jesús Ulacia como el héroe de su infancia, el vasco racial que colmaba todos sus anhelos de vasco vocacional, bien mezclados además con una simpatía arrolladora, una cortesía de pelotari educado en los mejores frontones de México y una de las voces de tenor bajo más melancólica de los montes y verdes valles de su tierra natal. Por eso se quedó mudo, cuando treinta años más tarde, su fantasma, ─idéntico al que había sacado un coche a pulso de la playa de piedras de Altea con su amigo Bereziartua, también pelotari retirado─, cruzó como una centella a su lado por el Paseo de la Alameda en el DF.

Años más tarde, cuando invocaba su niñez y su infancia pasada en el Sur, cada vez con mayor asiduidad ahora que frisaba los sesenta a la vez que seguía afirmándose en la frase de Groucho, “¿Mi niñez?… Puede usted quedarse con ella”, recordaba como un icono a esos vascos retornados de México que habían invertido todo el dinero ganado en apuestas algo turbias, rompiéndose las manos con la pelota o los riñones escalando la pared izquierda para cazar con la cesta el bólido blanco que les amenazaba a casi 200 kilómetros por hora, y todavía se dolía de su parálisis aquella tarde en el centro del DF, con ese arrepentimiento sin perdón que destila las cosas que no tienen remedio, por no haber gritado a voz en cuello: ¡Txus, Txutxo! Y haber corrido a agarrarle por su hombro rocoso.

De Ulacia corrían miles de leyendas que se mezclaban en diversos compuestos según la fuente que las relatara y sus sentimientos hacia ese hombre ya convertido en leyenda en esos años de moscas y sandías del desarrollismo levantino que tan bien mezclaba con la construcción de una costa que apuntaba salvaje. Si la fuente era antivasca, algo que comenzaba a ser habitual en aquellos tiempos en que ETA ensayaba sus primeras acciones de sangre y que se juntaba con la tradicional desconfianza que los franquistas camisa vieja siempre había alimentado a pesar de los Requetés y Tradicionalistas, se murmuraba una morbosa historia de cómo se había peleado a cabezazos de carnero por una moza en Motrico. Y se salpimentaba la historia describiendo el correr de la sangre por la frente hasta cegarle los ojos, mientras retrocedía de nuevo para tomar impulso albergando un sólo pensamiento en su cabeza: volver a embestir a su contrincante.

Pero también el personaje llenaba el estereotipo de vasco en otros aspectos. Era católico, mujeriego y sentimental. De su catolicismo a su manera hablaba él mismo. Contaba cómo visitaba la iglesia cuando creía que no había curas y se hincaba de rodillas delante del sagrario hablando en voz alta para escándalo de beatas y alguna íntima satisfacción del párroco, que contemplaba la escena parapetado tras un confesonario al que Ulacia nunca recurría:
─No me hagas más putadas, Tú. Hace más de dos semanas que no vendemos una escoba de esos apartamentos en que he metido todos mis ahorros de pelotari. No me jodas más, échame una mano, hostias.
Y a continuación se pasaba al vascuence. Y seguía la retahíla un rato, aunque su idioma original no le permitía manejar los tacos con la generosidad del castellano.
Porque Ulacia había llegado a Levante en los desarrollistas años 60 tras varias décadas de jugar en los Jai Alais de las principales ciudades mexicanas, Acapulco, Veracruz, el Deefe… con alguna época en Miami, más dicharachera, pero que a Txus no le gustaba tanto por el idioma, pero sobre todo por la ausencia de una colonia vasca tan arraigada como la de México.

Llegó a Altea de la mano de varios medio vascos que andaban por la zona y que se habían quedado prendados de la bahía, del pueblecito de pescadores con iglesia en lo alto, tachonada con una cúpula de azulejos azul ultramarino que le confería un cierto y remoto sabor a griego; de una playa de cantos rodados escandalosamente vacía, del olor a azahar que se extendía entre las huertas, del Levante que soplaba bonachón desde el cercano peñón de Ifach. Uno de esos medio vascos errantes, nacido en Puerto Rico, había participado en el rodaje de una película más del Régimen que el brazo incorrupto de Santa Teresa, cursilísima, que según dijo un crítico de la época en comentario jamás publicado, hacía llorar hasta a los acomodadores… pero de risa. Una de las escenas cumbres consistía en la confesión del cura protagonista, misionero en la leprosería de Molokai y apestado, que como no se le permitía subir a bordo, tuvo que contar sus pecados desde una barquilla a otro capellán encaramado, nadie sabía por qué, a la jarcia de una goleta. Para filmar esa escena se recurrió a la bahía de Altea, al sur del peñón, y los productores repararon, quizá por desviación propia de su profesión, en las posibilidades urbanísticas de la zona y las facilidades que a notorios personajes vinculados al Arzobispo Morcillo, un individuo que como el Biscuter no tenía marcha atrás, les brindaría sin resquicios las autoridades municipales y gubernamentales.

Así nació un complejo de apartamentos que acabaría más densamente poblado que cualquier ciudad asiática, con su bloque y su torre de 16 pisos en poco más de hectárea y media y que sus socios, entre ellos Txus Ulacia, trataban de vender a toda costa entre amigos, allegados y cualquier despistado que acababa por esos andurriales, en su mayoría franceses, algún sueco muerto de sed de sol y un puñado de holandeses prehippies que husmeaban chollos sin perder su sangre de comerciantes y tentaban con bajísimas pujas a los campesinos viejos y hartos de remover la tierra con azadas blandidas por varias generaciones.

Txus había llegado con la cartera llena, una furgoneta que se había comprado en Madrid, un 2CV de fierro acanalado que llamaba Fabiola y que le borraba su melancolía de coche americano de cambio autómatico, de esos que los mexicanos llaman lancha y los españoles Haiga, por aquello del indiano que pedía el más grande que haiga. Y siempre que veía a alguna joven camino de la urbanización en construcción o en dirección al núcleo del pueblo, le ofrecía un asiento tras quitarse un sombrero de paja que siempre coronaba su poderosa cabeza, bastante calva como buen guipuzkoano. También se había traído una esposa que no le había dado hijos, sin que las comadres supieran distinguir si por culpa suya o de ella, de piel blanquísima y ojos acuosos, chilanga hasta la médula aunque nadie supiera tampoco a ciencia cierta su origen, que sufría con paciencia de menopáusica los tremendos celos que su marido le causaba y que, desde luego, tenían fundamento, pero nunca justificación, según explicaba el propio Txus en voz baja en sus correrías nocturnas. Y hay que decir que Txus siempre paraba y ofrecía asiento a las jóvenes y no tan jóvenes, pero también a los niños, a los que tenía hipnotizados y a hombres hechos y derechos, aunque a estos últimos con menos aparato que a las mujeres y menos alegría que a los niños.
Sueño de una tarde dominical en la Alameda
Algunas mañanas en que los nadadores más conspicuos madrugábamos para llegarnos hasta la boya antes de desayunar y de que el Mediterráneo alzara la más mínima ola, nos encontrábamos a Txus sentado en alguna de las escaleras de los cuatro portales del bloque, cantando quedito agarrado a una botella de whiskey del caro, con la mirada perdida pero la simpatía intacta, saludándonos con su arrolladora energía:
─Jóvenes… Vayan a nadar en esa sopa de pescado. Cuidadito con la resaca.

Y seguía cantando quedito, tratando de dilatar al máximo la subida a su casa, donde su mujer ya estaría encendiendo alguna veladora a santos de uno y otro lado del sincretismo mexicano y afilando los reproches que iba a lanzar a su marido.
Decían que curaba con artes que nadie sabía si se debían a su origen ignoto de piel blanquísima o a su raíz mexicana, pero el caso es que encendía diminutas ascuas sobre las espaldas de sus inertes pacientes y luego las apagaba con los dedos y colocaba unas ampollas de cristal haciendo el vacío. Sin duda una ceremonia espectacular de potente puesta en escena, arropada por música clásica, lo que le añadía un componente fuera de lugar, aunque nadie pudiera dar fe de la más mínima mejoría de sus pacientes, por lo general niños aquejados de polio, jóvenes con debilidad congénita, algún muchacho con discapacidad intelectual, de esos a los que entonces se les llamaba “un poco falto”.

Entre las anécdotas que circulaban entre su colonia de admiradores, destacaba aquella atribuida a su periodo en Miami, en que se apostó una elevada suma de dinero a que acababa con la carta de un restaurante de cierto renombre. Dicen que pidió la carta por su orden, primero todas las sopas, luego todos los entremeses, los pescados y las carnes.
Perdí. No llegué a los postres. Nunca me tiró demasiado el dulce, decían las mismas fuentes que Txus afirmaba con sorna vizcaína, de bilbaíno fantasma nacido en Motrico.

Otra cosa que fascinaba a su parroquia y que él administraba con avaricia, era lanzar piedras con la mano. Cuando observaba que el habitual corro de niños en la playa había reparado en su presencia y se levantaba presuroso para ir a su lado, se agachaba lentamente, rebuscaba entre las piedras que el río Algar depositaba en la playa y que más tarde salvaron al pueblo de un futuro tan ominoso como el de Benidorm, escogía una del tamaño aproximado de un cuarto de su mano de hormigón y la lanzaba sobre el mar golpeándola con la mano abierta, igual que cuando sacaba desde el fondo de la cancha.
Muy pocos tuvieron oportunidad de verle jugar en el cercano frontón del Rincón del Albir, donde se levantaba una residencia para empleados del Banco Bilbao. Cuando llegó su amigo Bereziartúa, que se reclamaba campeón del mundo de cesta punta, hacían pareja y dicen que ganaron mucho dinero apostando clandestinamente con los empleados de la residencia, en su mayoría vascos apostadores aun a pesar de su poca afición al riesgo que su profesión les demandaba.

Con Bereziartúa hablaba en vascuence cuando quería ponerse de acuerdo y mi padre decía que su charla sonaba como el lenguaje de los pájaros. Y también en ocasiones particulares, en la segunda parte de sus rezos blasfemos, cuando Urtain ganó el campeonato de Europa de los pesos pesados ante un paquete alemán que había calentado el espectáculo de barraca que ofrecieron afirmando que las piedras que el de Cestona levantaba se las tiraba él a los pajaritos. Y cuando cantaba, lo hacía siempre en vascuence si no estaba borracho, porque si lo estaba, casi siempre de madrugada recién amanecida, prefería ─como yo llegué a entender algunos años más tarde─ los boleros que contaban esas enormes mentiras de amores rotos y cantinas permanentemente abiertas como un refugio de alta montaña.

Un niño le preguntó una vez si había perdido alguna pelea y Txus le dijo que nunca se había peleado, que le bastaba su simpatía y su envergadura para que la gente mudara el ánimo o se sumara a su mesa. Sólo una vez, recordó con la mirada perdida. Había un grupo de mexicanos de mal vino que se la pasaron tirándole huesecillos de aceitunas desde la mesa contigua. Se levantaron para decirles algo, pero el mexicano que iba con ellos de reventón les señaló el bulto de sus caderas donde ya reposaba alguna mano y el corte de pelo reglamentario de policías judiciales en noche de farra, con ganas de echar desmadre y echarse de paso algunos gachupines al coleto. Volvieron a sentarse, apuraron sus tragos y se fueron discretamente por la puerta del otro lado de la cantina en Coyoacán.
Con fierritos no se vale, m’hijo, subrayaba imitando a duras penas el hablar de Mario Moreno, Cantinflas, al que por aquel entonces ponían un mes sí y otro también en el cine del colegio del niño que Txus había llamado m’hijo.

Pero aquel incidente, que a ojos de los niños mancillaba un poco el tamaño ciclópeo de la leyenda de su héroe con esa decepción incrédula que hacía asomar lágrimas en el cine del colegio cuando el prota de las películas de vaqueros sufría una paliza a manos de los terratenientes, quedó pronto olvidada el día en que Txus sostuvo al conserje de la urbanización sólo por el cinturón sobre el hueco de la escalera del piso 16 en que se celebraba la junta de propietarios. Se trataba de un inviduo llamado Selvita, de diente retorcido, que tenía amargados a los niños por las restricciones que ponía a los baños en la piscina inventando las más peregrinas excusas. Nunca jamás se volvió a ver en la urba al retorcido vigilante y los niños se bañaron a partir de ese instante siempre que les vino en gana, mientras Txus les guiñaba un ojo apresurando el paso camino de la Fabiola.
* * * *
Aquel niño al que empezaba a salir vello encima del labio superior, cambió los veranos mediterráneos poblados de semi invencibles héroes vascos por las brumas de Dublín y la Irlanda rural, con personajes más borrachos pero no menos cantarines, intentando aprender la lengua de Shakespeare a la vez que le alejaban de la casa familiar para que dejara de molestar a su madre con su carácter de benjamín tocapelotas no deseado.

Años más tarde, por historias de la vida que no vienen a cuento, recaló en el Castillo de Chapultepec el día que se firmaron los acuerdos de paz entre la guerrilla del Farabundo Martí y el gobierno de El Salvador, y andaba por la Alameda que tan bien retrató Diego Rivera en aquel enorme cuadro que se exhibía no muy lejos, lleno de fantasmas y de muertos, de obreros enardecidos y calacas, de personajes que esculpieron la historia de México y acaso del mundo entero, algunos a caballo como el nunca muerto Emiliano Zapata. Fue entonces cuando vino a cruzársele mientras bailaba, él que nunca bailaba, el mismito fantasma de Jesús Ulacia y se quedó paralizado y con el brazo levantado a modo de saludo y los ojos al borde de las lágrimas de pura nostalgia.

Pero Txus, su fantasma, no quiso volverse para guiñarle otra vez el ojo, animarle a sumergirse en esa sopa de pescado que era el Mediterráneo y ofrecerle la Fabiola para llevarle a comerse un helado en la terraza de La Jijonenca.

© alfonso ormaetxea
1 de septiembre de 2010